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divendres, 24 de maig de 2013

Aprender a ser afectivo. Ferran Ramon-Cortes.

No nos callamos ni un reproche. Pero omitimos muchos halagos. Nuestra “cuenta corriente emocional” está permanentemente en números rojos, cosa que afecta muy negativamente a nuestras relaciones.
Tengo una amiga que se acaba de despedir del trabajo. Tras anunciar que se iba, su jefe la llamó a su despacho, y le dijo:
- ¿Por qué te vas? Eres una excelente persona y me gusta como trabajas. Te valoramos mucho en la empresa y nos haces falta.
Su respuesta fue muy simple:
- Porque en nueve años es la primera vez que me lo dices.

Estamos acostumbrados a decir a los demás todo lo que no nos parece bien de ellos. Pero raras veces les decimos lo que sí nos gusta. Comunicamos lo que nos separa, pero casi nunca lo que nos une. Esta carencia de halagos y exceso de reproches nos acaba afectando. Daña nuestra autoestima (uno se lo acaba creyendo) y daña también inevitablemente nuestras relaciones.
Stephen Covey nos sugiere la metáfora de la cuenta corriente emocional para entender cómo se construye (o se destruye) la confianza entre dos personas. Nos explica que funciona como una cuenta bancaria: si hago ingresos (soy amable, honesto, me comunico positivamente y mantengo mis compromisos), voy llenando la cuenta. Pero si hago reintegros (soy irrespetuoso, traiciono la confianza, critico, juzgo, lanzo reproches y falto a mis compromisos), la cuenta se vacía. Cuando los reintegros superan los ingresos, la cuenta está en números rojos, y se pierde la confianza.
Además, es importante saber que en esta particular cuenta corriente, la relación entre ingresos y reintegros no es paritaria, porque somos mucho más sensibles a los reintegros que a los ingresos. Hay reintegros que afectan a la confianza, que necesitarán de muchos ingresos para compensarse. James Hunter nos revela el dato: por cada reintegro hacen falta cuatro ingresos para equilibrar la cuenta.
Siguiendo esta metáfora, podríamos inferir que cada vez que comunicamos al otro algo que nos une, estamos haciendo un ingreso en nuestra cuenta de confianza, mientras que cada vez que le hacemos un reproche, estamos haciendo un reintegro. Si los reproches predominan, aparecen de nuevo los números rojos.
Desde que leí esta metáfora de Covey, quiser fijarme en lo que ocurría a mi alrededor, tanto en el trabajo como fuera de él. ¿Cuál era la proporción entre alabanzas y reproches?. ¿Se acercaba a la mínima relación de cuatro halagos por reproche que -según Hunter- equilibraría la balanza? (...) No encontré ni uno solo en que se llegase a la proporción de cuatro a uno (...) Incluso en un caso extremo, la proporción que pude observar fue de uno a cinco, pero a favor de los reproches. El 100% de las cuentas corrientes en números rojos. Relaciones en las que la confianza se había necesariamente esfumado.
Puede que no sea así en todos los casos, pero lo que es seguro es que estamos muy lejos de un balance sano. Un balance que nos permita mantener un saldo suficiente como para compensar reintegros esporádicos (reproches que creemos necesario hacer en determinadas ocasiones) o reintegros accidentales (reproches que hacemos a diario sin ni siquiera darnos cuenta).
¿Y por qué actuamos así?. No creo que el comunicar más reproches que alabanzas sea una actitud consciente. Porque no creo que ninguno de nosotros tenga como objetivo debilitar sus relaciones o "minar la moral" al prójimo. Creo que, así como no dejamos de fijarnos y comunicar a los demás sus fallos, con la loable intención de que rectifiquen, lo que nos une, simplemente, lo damos por supuesto. Esto hace que nunca dejemos de decir a los demás lo que no nos gusta, pero raramente compartamos con ellos lo que nos gusta.
No somos conscientes, pero nos olvidamos. Pensamos que lo que nos gusta de los demás los otros "ya lo captan", o ya lo saben, y la realidad es que no siempre es así.
Deberíamos hacer más ingresos en la cuenta, no dejar ningún halago por comunicar. Y ahorrarnos reproches. Como nos recuerda John Powell: "Debemos ser cuidadosos y no asumir la vocación de hacer ver a los demás sus errores".
Para tomar la senda de comunicar lo que nos une, puede ayudarnos el recordar que las cualidades humanas siempre tienen dos caras: la cara positiva y la cruz. Así, una persona que es sensible, será también con toda probabilidad una persona susceptible. No hay sensibilidad sin una cierta susceptibilidad, como no se puede ser susceptible si uno no es sensible.
Conociendo esta dualidad de las cualidades, ante una persona susceptible podemos hacer dos cosas: criticar permanentemente su susceptibilidad, y hacer continuos reintegros en nuestra cuenta de confianza, o descubrir la cara positiva de su susceptibilidad, que será su sensibilidad. Si la valoramos y se lo comunicamos, podemos hacer un importante ingreso en la cuenta.
Además del refuerzo que supone para nuestra relación, esta segunda opción tiene un efecto sobre la persona: cuanto más valoramos la cara de una cualidad, menos importancia tiene la cruz. La acabamos aceptando como parte integrante de la personalidad única e irrepetible del otro, como reverso de la moneda de esta virtud a la que no renunciaríamos por nada del mundo, con lo cual, cada día se hace menos visible. La cruz de una cualidad se desvanece ensalzando la cara. Reforzar las virtudes es la mejor manera de vencer los defectos.
A menudo nos cuesta decir a los demás lo que nos gusta de ellos. Lo que están haciendo bien. Lo que más valoramos. Y lo cierto es que hacerlo es una gran fuente de motivación. Todos necesitamos pequeñas "palmaditas en la espalda" que nos den energía y confianza. El que alguien reconozca nuestras habilidades y nos lo diga es signo de que nos valora y nos presta atención.
Algo tan importante para nuestra motivación no podemos dejarlo implícito. No es suficiente con que se sobreentienda. Debemos ser explícitos con los halagos. Tan explícitos, al menos, como somos con los reproches. Y en mucha mayor proporción si queremos que sirvan de motivación. Pensar que "el otro ya lo sabe" es una mala excusa. Muchas veces no lo hacemos porque nos incomoda. Pero ahorrarnos los halagos es en cualquier caso una mala estrategia.
Ser explícito con los halagos no siempre significa transmitirlos verbalmente. Hay muchas maneras de hacer llegar al otro un halago. Hay muchos detalles, muchos gestos que no pasarán desapercibidos. Y que a veces son más claros y más explícitos que las palabras. Los halagos no siempre hace falta decirlos, pero sí comunicarlos.
Comunicar lo que nos une no debe confundirse con adular. Todo lo bueno que tienen los halagos, lo tiene de malo la adulación. Cuando adulamos se nota. Y lejos de nutrir nuestra cuenta corriente emocional, estaremos haciendo, de nuevo, grandes reintegros. ¿Cómo podemos halagar sin adular?. Siendo sinceros, haciéndolo con naturalidad, y halagando situaciones concretas, logros concretos. Los halagos genéricos, sin motivo aparente, se convierten fácilmente en adulación.
A veces nos incomoda que nos halaguen o que nos comuniquen cosas positivas. Lo cierto es que la forma en que aceptamos los halagos dice mucho de nuestra seguridad y de nuestra autoestima. Es bueno saber recibir los halagos y saborearlos debidamente. Si son cosas que ya sabemos de nosotros mismos, nos dan energía y vemos confirmadas nuestras virtudes. Si nos descubren habilidades nuevas, nos ayudan a crecer y a conocernos mejor.
Hemos de aprender a recibir halagos, y una buena manera de hacerlo es empezar por recibir nuestros propios halagos. Si nos incomoda lo que nosotros mismos nos digamos, seguro que nos costará mucho más aceptar los halagos que vengan de fuera.

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