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divendres, 10 de maig de 2013

"Si me entendiera a mí mismo, no necesitaría el arte". Lawrence Weiner. La Contra de La Vanguardia.


Lawrence Weiners padre del arte conceptual, inaugura escultura en Barcelona
Tengo 71 años: luchamos contra la discriminación por los derechos civiles. Hoy sólo luchan los ricos por el derecho a serlo más. Nací en el Bronx, pero tuve una excelente escuela públi­ca. Ningún píxel manda sobre otro y forman la imagen. Colaboro con la Fundación Art Aids

Para la dignidad
Weiner luce barba de profeta y una voz campa­nuda con la que redon­dea frases de calado que cosquillean en las neuro­nas. Y al evocar su pasa­do de estibador se sien­te “iluminado por las luces de los barcos que cruzan la noche". Su ma­dre, al enterarse de que Lawrence quería ser ar­tista, le dijo: "Eso es de ricos y mujeres”. Erró, porque su hijo ha sido pobre y artista, pero también orgulloso cama­rero, peón o estibador. Hasta exponer en los grandes museos. De lo que es incapaz el padre del arte conceptual es de una frase sin sentido. Y apunta a su escultura con monolito por las víc­timas del sida: "Si pue­des dar dignidad a una piedra también se la pue­des dar a una persona"


Aún cree que la explosión de una bomba es una escultura?
No era una bomba. Era dinamita. Una bomba es terrorismo; la dinamita puede ser una forma de arte, porque, manipulada con precisión, es capaz de crear formas y vacío.

Se jugó usted la vida por el arte.
Yo no sería tan pretencioso. En uno de mis trabajos de peón había conseguido una li­cencia para comprar dinamita. Y la usé.

¿Y le dejaron usarla artísticamente?
Me llevó años llegar a la conclusión de que podía servir para el arte. La policía no com­partía el concepto, así que mi grupo y yo aca­bamos ante el juez del condado.

¿Les creyó?
A los cinco minutos, el pobre juez vio que no éramos terroristas sino un puñado de beatniks chiflados y buscó el modo de librar­se de nosotros. Nos puso una multa para em­pezar, pero nos declaramos insolventes.

¿A la cárcel?
Nosotros, encantados, pero el juez lo último que quería era que nos quedáramos rondan­do por el condado, así que se dirigió a mi en tono paternal y me pidió por favor que me largara con la dinamita a otra parte.

¿Cómo aprendió a usar la dinamita?
Me compré un libro. Usted también podría aprender. Todos podemos aprender a hacer de todo si nos lo proponemos.

Y usted siempre ha tenido un pie en el tajo: en la obra, en la mina, en el puerto...
Como todos. Sólo un diez por ciento de los americanos puede permitirse vivir sin traba­jar. Mis padres fueron obreros en el South Bronx, excepto durante la guerra, en que mi padre fue soldado en el Pacífico.

Pero usted, además, quiso ser artista.
Antes fui activista por los derechos contra la discriminación racial y de las mujeres.

Buen trabajo.
Y trabajaba en los muelles, embarcado en un petrolero... Empecé a los 16 años de ca­marero por las noches. Así, en los bares del Soho conocí artistas y quise ser uno más.

¿Sus padres le ayudaron?
Cuando se lo dije, mamá lloró: "Vas a rom­perle el corazón a tu padre... ¡Artista! Eso só­lo es para mujeres y para ricos!". Y acertaba.

...
Sólo los ricos deciden el arte en los consejos de los museos qué vale y qué no vale. Ellos y quienes trabajan para ellos. El resto de los americanos simplemente no pueden llegar a tener criterio porque no pueden pagarse la universidad.

¿Y la enorme clase media?
En realidad es sólo mi diez por ciento. Los demás se limitan a sobrevivir como pueden.

¿Qué es ser artista?
Yo soy bueno para definirlas relaciones en­tre un trozo de plástico y otro de madera. Y al verlas en la obra, tal vez alguien pueda entender su propio sitio en el mundo.

¿Cuál es el suyo?
Si yo me entendiera del todo a mí mismo, no necesitaría arte.

Pues ha tenido retrospectiva en el Wldtney y en grandes museos de EE.UU.
En el Whitney me pidieron que colgara ex­plicaciones de las obras, porque la gente no las entendería. Me negué. El arte se explica a sí mismo. ¡Demonios!, no sé sí compren­dieron o no, pero vinieron miles.

Bien.
Yo no explico nada; lo muestro. Es mejor decir algo haciéndolo que explicándolo.

¿Cómo aprendió usted?
El Bronx no era barrio fácil, pero McCarthy castigó a los intelectuales rojos de la univer­sidad y nos los envió a las escuelas públicas de los barrios: ¡Magníficos profesores!

Y gratis.
Nada de gratis. Pagábamos impuestos. Ade­más en Nueva York se hablaban 20 idiomas y podías discutir de filosofia con los jesuitas y los budistas en una misma calle. Así apren­dí que ética y estética es lo mismo.

Demuéstrelo.
Mire mi obra sobre el sida para Art Aids en el mercado de Santa Caterina.

Sólo es una piedra.
Si puedes dar dignidad a una piedra, también se la puedes dar a un ser humano. En­tre ética y estética, el error es creer que si tu madre es bella y es buena, los que no son como ella son feos y malos.

¿Algo bello lo es en todo el mundo?
El arte puede precisamente demostrar que la belleza y la bondad pueden expresarse de muchas formas diversas y todas igual de buenas y bellas.

Pero no todos servimos para todo.
¿Ve los pixeles de la pantalla de ese móvil con el que está grabando la conversación?

No los veo, pero sé que están ahí.
Ningún píxel cree ser mejor que el otro, por eso todos trabajan juntos sin que les impor­te el color o el lugar o el origen. Cada vez que usted usa su móvil está demostrando que la jerarquía no hace funcionar las cosas, sino que se sirve de que funcionan.

En el móvil hay chips que mandan.
No mandan, tienen otra función. Hay quie­nes saben hacer unas cosas mejor y otros otras, pero eso no hace ni mejor ni peor a nadie. Una enfermera no es ni mejor ni peor que un cirujano. Pero una buena enfer­mera es mejor que un mal cirujano.



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