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diumenge, 12 de maig de 2013

OBSERVAR LO QUE PENSAMOS. Àlex Rovira.


La ventaja de ser conscientes de nosotros mismos es que podemos tomar distancia de nuestro pensamiento y de nuestra conducta. Esa distancia, ese espacio, es el que permite diferenciarnos como observadores y, a la vez, como observados por nosotros mismos.
Sí, podemos pensar sobre lo que pensamos, escuchar nuestra propia voz interior, ser autocríticos con nuestros sentires y procesos mentales, y con las actuaciones que de ellos se derivan.
En este sentido, podemos ser discípulos de nosotros mismos, de nuestro dictado interior. La palabra disciplina tiene la misma raíz etimológica que discípulo. Ser testigos de nosotros mismos exige disciplina, el hábito de la autoobservación y de la autocrítica. Es desde ese ejercicio perseverante, desde esta disciplina que conseguimos llegar al observador, al foco de consciencia y atención que es capaz de mirar distanciadamente los procesos mentales, los devaneos, las divagaciones, los automatismos que se generan en nuestro interior.
Al observarlos, progresivamente, los vamos desactivando. Dejamos de ser conducidos por procesos que operan sin que nos demos cuenta (inconscientemente) y pasamos a tomar consciencia de cómo funcionamos, de qué queremos descartar y, de este modo, nuestras reacciones (que se generan inconscientemente) van deviniendo respuestas (que generamos conscientemente).
Cuando eso se produce, nuestra libertad de elección aumenta exponencialmente, porque dejamos de ser el resultado del vivir dormidos aunque estemos aparentemente despiertos y pasamos a responder despiertos sabiendo que hemos despertado de un sueño.
Pablo d’Ors, en su magnífico libro “Biografía del Silencio”, sin duda el mejor libro que he leído en los últimos años sobre la práctica y experiencia de la meditación, lo expresa de una manera bellísima:
“Ser consciente consiste en contemplar los pensamientos. La consciencia es la unidad consigo mismo. Cuando soy consciente, vuelvo a mi casa; cuando pierdo la conciencia, me alejo, quien sabe adónde. Todos los pensamientos e ideas nos alejan de nosotros mismos. Tú eres lo que queda cuando desaparecen tus pensamientos. Claro que no creo que sea posible vivir sin pensamientos de alguna clase. Porque los pensamientos -y esto no conviene olvidarlo- nunca logran calmarse del todo por mucha meditación que se haga. Siempre sobrevienen, pero se sosiega nuestro apego a los mismos y, con él, su frecuencia e intensidad.
Diría más aún: ni siquiera debe tomarse conciencia de lo que se piensa o hace, sino simplemente pensarlo o hacerlo. Tomar conciencia ya supone una brecha en lo que hacemos o pensamos. El secreto es vivir plenamente en lo que se tenga entre manos. Así que, por extraño que parezca, ejercitar la conciencia es el modo para vivir plácidamente sin ella: totalmente ahora, totalmente aquí.”*
Seguiremos profundizando en el arte de meditar, de observar al observador, de distanciarnos para poder elegir, del contacto con el eterno instante presente. Porque lo que somos es eso: aquí y ahora, que es donde está lo que realmente importa.

Besos y abrazos.
Álex

*[Pablo d'Ors. "Biografía del Silencio". Biblioteca de Ensayo Siruela, 2012, páginas 36 y 37.]

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