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divendres, 10 de maig de 2013

CHISMORREO. José Antonio Marina.



Me visita un equipo de TV3 para un reportaje sobre la intimidad y las redes sociales. Muchos piensan que hay un exhibicionismo exagerado, porque se muestra lo que debería ocultarse. En nuestras relaciones debemos distinguir entre lo público (a la vista de todos), lo privado (que es visible, pero no se quiere mostrar) y lo íntimo (lo que sólo se conoce por confidencias). Los límites entre los tres dominios han cambiado. Los reality shows, los muros de Facebook o las infinitas confidencias en voz alta que transitan por Twitter muestran que la intimidad está en almoneda. El éxito de estos nuevos medios confirma la vigencia de dos pasiones ancestrales: el afán de ser visible y la pasión por conocer vidas ajenas. Somos seres sociales, lo que implica que deseamos que nos vean. “Todo el mundo quiere tener sus quince minutos de fama”, decía Andy Warhol. Antes, se conseguía saliendo a la plaza del pueblo. Ahora, poniendo una dirección en Facebook o en Twitter, que permiten un provincialismo globalizado, un conmovedor o ridículo afán –según el humor con que se mire– de decir: “¡Eh, que estoy aquí!”. Las redes sociales permiten concretar y medir la mínima popularidad de los amigos o de los seguidores.
Las nuevas tecnologías también nos permiten satisfacer la curiosidad por las vidas ajenas, cotillear, desparramar habladurías, disfrutar con rumores. Todo esto se hacía antes en la fuente del pueblo, donde las mujeres se reunían a charlar, o en los lavaderos públicos. Posiblemente el catalán xafardejar procede de safaretgera, lavandera. En todos los idiomas existe una palabra para designar este incesante comentario sobre las vidas privadas o íntimas de los vecinos: gossip, commérage, getratsch, etcétera.
La universalidad del fenómeno ha llamado la atención de los antropólogos. Uno de ellos, Kevin Dunbar, ha estudiado el gossip en profundidad. Sostiene que dos terceras partes de nuestra conversación son puro cotilleo, lo que él denomina más finamente social topics. Lo considera tan importante que piensa que nuestros antepasados prehistóricos expandieron el lenguaje para poder chismorrear. Recuerdo que Richard Gregory, un ingenioso psicólogo especializado en primates, contaba su extrañeza al contemplar la monótona vida de los gorilas. ¿Para qué necesitan un cerebro tan grande? Concluyó que para mantener en la cabeza a los miembros de su grupo y las relaciones entre ellos. Cuando fuimos capaces de hablar, también dedicamos el habla a mantener lazos sociales. Esa es, según Dunbar, la función del cotilleo, por eso se considera más propio de mujeres, que han sido siempre las más interesadas en las relaciones sociales. Sorprendentemente relaciona el chismorreo con las actividades de despioje a que se entregan nuestros primos animales. Esto me hace recordar a Joan Corominas, a quien le interesó mucho la etimología de chismorreo. No sabía si procedía de schisma, división, justificado porque las habladurías dividen. O de chisme, que significaba chinche. A Dunbar le encantaría esta segunda opción, porque le llevaría sobrevolando por milenios de lenguaje hasta la selva primigenia.
La concupiscencia por las vidas ajenas se manifiesta en nuestro gusto por las historias, la tentación del ojo de la cerradura, la atracción por la intimidad de otros. Las nuevas tecnologías han triunfado porque satisfacen pasiones muy antiguas. Se ha instalado el cotorreo permanente. En las redes hay una masiva presencia de exhibicionistas lights y de mirones compulsivos. En Castilla, cuando aparecía un chisme importante, se decía “el pueblo está lleno”. Ahora se llama trending topic. ¡Qué antiguo!



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