Como quien no quiere la
cosa, el hecho de estar activos implica que nos movamos en una interacción
continua con un mundo que genera un tránsito imparable de cuestiones que deben
ser resueltas.
Los asuntos entran en nuestra
vida por tantísimos canales y con tal intensidad hoy en día que, sin darnos
cuenta, se van acumulando tareas que requieren ser solucionadas en diferentes
formatos, soportes y entornos: correos electrónicos, mensajes en las redes
sociales, correspondencia convencional, mensajes en el móvil en el formato que
sea, incluso ideas que mantenemos en nuestra mente o a lo sumo anotamos en el
papel o en una nota de voz. Respuestas pendientes en multi-formato, en
definitiva.
Acciones que deben ser hechas.
Contestaciones que deben ser dadas. Ideas que piden convertirse en hechos.
Todas entran sin parar y se acumulan como tareas pendientes. Y
proporcionalmente a la necesidad de dar salida, de responder y resolver,
aumenta nuestra ansiedad, consciente o inconsciente. Es necesario entonces
resolver con la mayor calidad y velocidad posible.
Resolver es un buen verbo que quiere decir:
1.- Hallar la solución a un
problema,
2.- Elegir entre varias
opciones,
3.- Hacer que una cosa se acabe
o tenga un resultado claro,
4.- Concluir.
Sí: solucionar, elegir, hacer,
concluir. Nada menos. No en vano, la palabra resolver se mueve en la familia de
otros términos que nos aligeran nuestras unidades de atención permanente:
resolución, solución, solvencia, solvente…
Y es que, etimológicamente, el verbo resolver viene de resolveré que
quiere decir desatar.
Porque lo que no resuelves, te ata, te bloquea, te atasca, te
para.
Más claro, el agua.
Y es que cuando algo no se resuelve es porque se ancla entre el
pasado
(pereza anterior, miedo anterior, duda anterior, culpa anterior, indefinición
anterior… )
y el futuro (angustia por si… ). Luego, la resolución siempre está en el
ahora.
Si tienes que resolverlo,
hazlo. No postergues. ¡Ya!
Si puedes o debes delegarlo,
hazlo. No bloquees. ¡Ya!
Si ni puedes resolverlo, ni
puedes delegarlo, no marees la perdiz. Tíralo y deja espacio para resolver
otras cuestiones importantes. ¡Ya! Y no te preocupes, si es realmente
importante, el asunto volverá a ti para que le des respuesta resolutiva.
Esta es la regla que,
personalmente, me ha funcionado francamente bien ante las mareas de asuntos a
resolver: HAZLO, DELÉGALO o TÍRALO.
Es decir, resuelve, gestiona o
deshazte. Pero
ahora. Aquí y ahora.
De este modo bajarán a paso
ligero los emails con banderita, las notas de asuntos pendientes, los post-it,
las anotaciones en libretas, las cartas que pasan de un lado al otro de la
mesa, los mensajes no borrados en el contestador, etc, etc, etc. Con la desactivación
por resolución de esas “Unidades de Atención Permanente” finalmente
satisfechas recuperamos serenidad, ganamos espacio y lucidez,
podemos entonces concentrarnos en tareas nuevas y creativas, y además sabemos que
desbloqueando lo que estaba bloqueado en nuestra parcela, damos también vida y
movimiento a la de los demás, porque el efecto de un desbloqueo es siempre
sistémico.
Vamos. A
volar.
Besos y abrazos,
Álex Rovira
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