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dimecres, 22 de maig de 2013

GANAR Y APRENDER. Àlex Rovira


Releo fragmentos de texto subrayados hace tiempo, y encuentro esta joya de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, de su necesario libro, “Lecciones de Vida”:
“¿Qué ocurriría si empezáramos a correr algunos riesgos, si nos enfrentáramos a nuestros miedos? ¿Y qué si fuéramos más lejos, si persiguiéramos nuestros sueños, si obedeciéramos a nuestros deseos? ¿Qué ocurriría si nos permitiéramos experimentar libremente el amor y encontrar satisfacción en nuestras relaciones? ¿Qué clase de mundo sería éste? Un mundo sin miedo. Puede que sea difícil de creer, pero la vida tiene muchas más cosas de las que nos permitimos experimentar.
Muchas más cosas serían posibles si dejáramos de ser cautivos del miedo.
Hay un nuevo mundo dentro y fuera de nosotros –un mundo en el que hay menos miedo– esperando a ser descubierto.
Pero es fácil experimentar temor donde no hay peligro. Ese tipo de miedo es ficticio, no es real. Puede parecer real pero no tiene base en la realidad y, aun así, nos mantiene despiertos por la noche, nos impide vivir. Parece no tener propósito ni clemencia, nos paraliza y debilita el espíritu cuando lo dejamos actuar. Esta clase de miedo se basa en el pasado y desencadena miedo al futuro. Pero este miedo inventado sirve de hecho a un propósito: nos da la oportunidad de aprender a elegir el amor. Es un grito de nuestra alma pidiendo crecer, pidiendo sanarse. Son oportunidades para elegir de nuevo y de manera diferente, para elegir el amor por encima del miedo, la realidad por encima del espejismo, el presente por encima del pasado. Para los propósitos de éste capítulo y para nuestra felicidad, cuando nos referimos al miedo estamos hablando de estos miedos ficticios que restan valor a nuestra vida.
Si sabemos  abrirnos paso a través de nuestros miedos, si somos capaces de aprovechar todas las oportunidades posibles, podemos vivir la vida que tan solo nos habíamos atrevido a soñar. Podemos vivir libres de juicios, sin temor a la censura de los demás, sin restricciones.
Nuestros miedos no evitan la muerte, frenan la vida. Difícilmente llegamos a reconocer hasta qué punto dedicamos la vida a manejar el miedo y sus efectos. El miedo es una sombra que lo obstruye todo: nuestro amor, nuestros verdaderos sentimientos, nuestra felicidad, nuestro ser mismo.”

Los actos que surgen de nuestro coraje nos elevan por encima de nuestras posibilidades y dan forma a nuestra vida. Porque el coraje no es la ausencia de miedo, sino más bien la consciencia de que hay algo por lo que merece la pena arriesgarse, aunque tengamos miedo.
Curiosamente, Elisabeth Kübler-Ross, considerada la principal autoridad mundial sobre el acompañamiento a enfermos terminales dice que si se pregunta a una persona que está a punto de morir qué volvería a hacer si viviera, la respuesta en la práctica totalidad de los casos es ésta: “Me hubiera arriesgado más”. Cuando, de nuevo, la Dra. Kübler-Ross preguntaba al moribundo el porqué de esta respuesta, los argumentos que recibía se caracterizaban por el siguiente estilo de reflexión: “Porque aquello que quería hacer y no hice por miedo; o aquello que quería decir y no dije por pudor o temor; o aquella expresión de afecto que reprimí por un excesivo sentido del ridículo, me parecen una nimiedad absoluta frente al hecho de morirme. La muerte es algo que no decido yo, la vida me empuja a ello y ahora, frente a ella, me doy cuenta de que todas esas circunstancias que me parecían un reto terrible son una nimiedad comparada con el hecho de que me muero y no hay vuelta atrás”. Se trata sin duda de una respuesta cargada de sentido común si tenemos en cuenta que la vida es una gran oportunidad de arriesgarnos para aprender, crecer, compartir y amar.
Quizás las cosas que nos parecen difíciles no lo son tanto si nos arriesgamos y si pensamos en que gracias al coraje que nace del amor podremos superar muchos retos y dificultades. ¿Y si no lo logramos? Pues por lo menos habremos aprendido algo en el proceso y quizás se abran otras puertas inesperadas en nuestro camino de vida.
Como en cierta ocasión me dijo una mujer curtida por la vida a base de dificultades:
“Mira, Álex, en realidad el refrán ese que todos conocemos ‘Algunas veces se gana, y otras se pierde’ no es cierto.
¿No? –le respondí yo–.
¡No!, me dijo convencida. El refrán debería decir ‘Algunas veces se gana, y otras se aprende’.
“Eso sí –añadió mi amiga–, una o uno tiene que tener las ganas de extraer una lección para no volver a pasar por el mismo sufrimiento, si está en nuestras manos”.
Algunas veces se gana, otras, se aprende. Para meditar sobre ello y aprender el arte de navegar por la vida.
Besos y abrazos,

Álex


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