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dissabte, 14 de juny de 2014

No (siempre) es práctico tener la razón. Pilar Jericó.

El otro día estaba con un amigo que no paraba de quejarse de la atención del cliente en España. En su extensa disertación de quejas, incluyó también la corrupción y los políticos. Ya sabemos, conversaciones habituales de cómo va el país. Podía estar en lo cierto en muchas cosas (aunque ya sabemos que la percepción es selectiva), sin embargo, eso no significa que sea práctico. Me explico: nos empeñamos en repetir frases hechas sobre cómo va el mundo para desahogarnos, para encontrar lugares comunes con otras personas en las máquinas de café o en los ascensores o, simplemente, para que nos hagan caso. Los motivos no importan. El problema es si dichas frases nos aportan algo. La felicidad es un estado que se ha de construir con determinadas acciones, emociones y pensamientos. Si nos convertimos en un disco rayado repitiendo hechos que nos frustran, podremos tener la razón, pero no resulta pragmático ni para uno mismo ni para los que le rodean.
La pregunta que podemos formularnos es muy simple: ¿vale la pena pelearse por tener la razón? Sinceramente, en muchas ocasiones creo que no. En otro artículo hemos hablado de la inteligencia y de sus tipos según Gardner. Pero más allá de las investigaciones científicas, soy de la opinión que la inteligencia más interesante es aquella que nos permite ser felices y tomar decisiones que nos ayudan a sentirnos bien. Cualquier persona a la que le preguntes sobre su objetivo vital, en un porcentaje altísimo, te dirá que ser feliz y vivir en paz. Si este es nuestro anhelo, tendríamos que plantearnos si las ideas que esgrimimos por tener la razón y la energía que perdemos en determinadas “batallas dialécticas” nos ayudan a ello. Nuestros padres, pareja o amigos pueden ser de un modo u otro, al igual que nuestra empresa o nuestro país… Podremos criticarlos, enfadarnos, montar blogs de crítica… pero si no está en nuestras manos un cambio sustancial y no estamos dispuestos a hacer algo por dicho cambio, no vale la pena desgastarse en ello. Por tanto, un truco para incrementar nuestra felicidad es sencillamente negarnos a alimentar conversaciones y pensamientos que nos desgastan por dentro por mucha razón que tengamos. Si queremos cambiarlo, hagámoslo; si no, aceptémoslo pero no nos peleemos por ello. No es práctico ni demasiado inteligente para nuestro anhelo de felicidad.
Todo lo anterior no significa desarrollar una actitud de sumisión o de resignación ante la realidad. La resignación es la falta de acción y es diferente a la aceptación. Aceptamos lo que no podemos evitar o aquello que no está en nuestras manos. La resignación lo es a priori de cualquier intento de cambio y de búsqueda y está relacionada con actitudes sumisas, las cuales, son la antítesis de la felicidad. Cuando hablo de practicidad en nuestras decisiones, me refiero a la esencia del conocido proverbio chino o a la famosísima máxima de Gandhi:
Si algo puedes cambiar, ¿para qué te preocupas? Si no puedes, ¿para qué te preocupas?
Conviértete en el cambio que quieres ver en el mundo.

Si sustituimos el concepto preocupación por pelea, llegaremos a la misma conclusión. Si algo te molesta, actúa; y si no quieres o no puedes, cambia la actitud para contemplarlo de manera más amable. De otro modo, generarás una actitud poco práctica para el desafío más importante que tenemos: ser felices (y posiblemente, contribuir a la felicidad de los que te rodean).



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