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dimecres, 18 de juny de 2014

Ventajas de ser feo. Luis Muiño. La Vanguardia.

Mejor ser guapo que feo, ¿o no? La ciencia aclara que los menos agraciados interiorizan mejor los elogios, están menos pendientes de su aspecto, se les recuerda mejor, parecen más amables y resultan menos intimidatorios
La polémica sobre la influencia del factor físico está establecida desde hace mucho. Ya en el siglo IV a. C., el filósofo griego Aristóteles enunció su famoso apotegma “la belleza física es una presentación mejor que cualquier carta de recomendación”. Sin embargo, los hechos demuestran que los menos agraciados –entre los que se cuenta el autor de este artículo que, de ahora en adelante, se tomará la licencia de hablar en primera persona– pueden triunfar incluso en terrenos reservados a los guapos. Tres siglos después de Aristóteles, en el I antes de Cristo, la faraona Cleopatra deslumbró y sedujo a Julio César y Marco Antonio con unos rasgos físicos que difícilmente por aquella época se adaptaban a ninguna pauta de belleza. En el reverso de una moneda hallada hace poco se la representa como quizás fue realmente: con barbilla muy saliente, frente abombada, calvicie, ojeras, nariz ganchuda y bocio (abultamiento en el cuello).
Hoy en día, la complejidad del tema sigue dando para discusiones. El imaginario colectivo asume –como hacía Aristóteles– que la belleza externa es una ventaja en todos los ámbitos. Robert Redford afirmaba hace pocos años que “ser guapo no te da la felicidad… pero sí te la pone al alcance de la mano”. Sin embargo, la experiencia vital no ratifica en tantos casos ese impacto positivo. Todos tenemos a nuestro alrededor personas con poco atractivo físico que han triunfado en gran cantidad de variables profesionales y personales.
El potencial de seducción, esa variable que optimizó la poco agraciada Cleopatra, sigue siendo un ejemplo de que la influencia de la belleza no es un factor sencillo de analizar. Hay muchas personas que siguen pensando que la belleza física es el valor más importante a la hora de ligar. Incluso algunos científicos parecen ratificarlo: desde las pioneras teorías de Desmond Morris hasta los escritos recientes de David M. Buss hay muchos investigadores que afirman que nuestra selección está guiada por patrones de atractivo físico que en realidad son síntomas de una mayor probabilidad de que nuestros genes se reproduzcan.
Desde ese punto de vista, la razón por la que la belleza es tan importante parece clara: elegimos determinados rasgos (simetría, piel sin imperfecciones, curvas femeninas, hombros anchos masculinos...) porque si la persona los posee hay más probabilidades de que esté sana y sea una buena apuesta a la hora de mezclar nuestros genes.
Sin embargo, la supuesta homogeneidad que predeciríamos si todos eligiéramos a personas que nos resulten guapas se diluye cuando vemos lo que realmente ocurre. Hay millones de personas enamoradas de millones de hombres y mujeres que difícilmente podrían ser catalogados como atractivos ciñéndonos a esos valores. Y si cogemos cualquier lista votada por el público de los hombres y mujeres más seductores veremos que un porcentaje alto de ellos se saltan esos cánones de belleza.
Para resolver esta paradoja, muchos investigadores (psicólogos, antropólogos, biólogos…) han puesto manos a la obra para intentar desentrañar si realmente ser guapo es, únicamente, un factor positivo para el éxito vital. Estas investigaciones tratan de desentrañar si la falta de atractivo físico supone una ventaja en ciertas variables importantes. Los resultados alivian a quienes no somos especialmente agraciados. Estos son los cinco más estudiados:

Los feos interiorizan los elogios
El psicólogo Edward Diener, profesor de la Universidad de Illinois, es uno de los grandes investigadores sobre temas de felicidad, lo que le ha llevado a extraer una gran cantidad de datos sobre la autoestima. Y uno de los efectos menos esperados de esas cifras es la nula influencia que tiene el atractivo físico en el aprecio que las personas se tienen a sí mismas. Las personas más guapas tienen, frecuentemente, problemas de autoestima. De hecho es habitual escuchar a personajes públicos famosos o amigos atractivos hablando de sus inseguridades y complejos. Diener ofrece una explicación a esta falta de correlación entre la belleza y la autoestima. Según este investigador, las personas más atractivas tienden a desconfiar de los halagos recibidos. Hay varias razones para ello.
Por una parte, los elogios con referencia al físico parecen siempre más efímeros: la belleza dura poco tiempo. El carpe diem funciona como tópico literario, pero el amor por uno mismo requiere valores intrínsecos, cualidades que van a durar toda la vida. Las alabanzas por factores físicos que no tienen por qué estar ahí dentro de unos años no se interiorizan.
Por otra parte, las investigaciones encuentran otro motivo para la desconfianza: el objetivo sexual. Cuando alguien elogia el atractivo de una persona, está pensando en ella desde un punto de vista erótico. Y es difícil que la imagen personal de alguien se nutra únicamente del hecho de sentirse deseado. Las personas menos agraciadas, por el contrario, suelen aceptar los elogios como sinceros. Los halagos suelen darse por características más estables que la belleza y con objetivos menos interesados y eso los hace más creíbles. Y eso redunda en que los menos agraciados interioricemos más los elogios.

Los feos estamos menos pendientes de nuestra imagen personal
En sus investigaciones, Diener encuentra otra razón por la que las personas atractivas físicamente disfrutan menos de los halagos: el factor costumbre. Las personas a las que se encarece su belleza llevan años oyendo exactamente los mismos requiebros. Y al final, esos halagos pierden su poder de elevar la autoestima. De hecho, cuando se les pregunta sobre el efecto de los elogios, se descubre que sólo sirven para aumentar la presión que se crea por la responsabilidad que supone “mantener el nivel”. Los guapos crean expectativas demasiado altas de entrada y pierden el efecto sorpresa, que es esencial para suscitar atracción: están continuamente pendientes de mantener lo que tienen. Por el contrario, a las personas menos agraciadas se nos nota más cuando nos arreglamos o mejoramos físicamente. El sistema cognitivo de procesamiento del medio funciona por comparación: detecta novedades, no características permanentes. Y por eso una persona fea arreglada resulta más llamativa que una guapa que está siempre bien.
Esta tendencia de nuestra percepción a funcionar por comparación produce otro efecto muy observado en los experimentos: se suelen ignorar el resto de características positivas de los más atractivos. La belleza es una característica tan sobresaliente que tapa el resto de cualidades y eso hace que, poco a poco, estas últimas se vayan atenuando. Un ejemplo del que se suele hablar en el ámbito de los recursos humanos: las personas con un buen físico que se esfuerzan mucho para trabajar eficazmente es mucho más fácil que dejen de hacerlo.
Este efecto de disolución del resto de características positivas era recordado por el dr. House en la famosa serie: en un momento determinado, la dra. Cameron le pregunta “¿Por qué me contrataste?”. House le responde que la eligió porque estaba muy bien físicamente. Cameron protesta indignada y le increpa tratando de saber si lo que buscaba era acostarse con ella. Cuando House lo niega, Cameron le recuerda que trabajó muy duro para llegar a ser lo que es. La contrarréplica del polémico doctor resume lo que se ha dicho sobre el problema que pueden tener las personas atractivas: “No tenías que hacerlo. La gente elige el camino que le da la mayor recompensa con el menor esfuerzo, es una ley natural, y tú la desafiaste. Por eso te contraté”.
Las personas que cuentan con un buen físico viven una gran presión social para cuidarlo y descuidan el resto de cualidades. Pero cuando no se cuenta con la belleza, uno puede relajarse con el tema físico y se puede dedicar a cultivar otras cualidades. Y eso, a la larga, puede ser una estrategia más adaptativa.

A los feos se nos recuerda mejor
Un estudio de la universidad alemana de Jena volvió a poner recientemente de manifiesto este efecto que ha ido apareciendo en muchos experimentos sobre memoria. Los investigadores mostraron a los sujetos cientos de fotografías, algunas de rostros perfectos (simétricos y de proporciones armoniosas) y otras de rostros con rasgos poco agraciados. Días después, se les preguntó a los voluntarios para saber cuáles eran las fotografías que mejor recordaban. Y los resultados demostraron que las caras menos atractivas habían sido mucho mejor retenidas por los sujetos.
El factor que se pone en juego no es la connotación del recuerdo: cuando se identificaban fotografías que correspondían con personas guapas se asociaban a sensaciones más positivas. En casi todas las investigaciones que hablan de la influencia de la belleza, lo que se tiene en cuenta es que recordamos con más agrado a aquellos que tienen atractivo. Pero lo que pone de manifiesto experimentos como el de la Universidad de Jena, es que esto ocurría menos a menudo porque el recuerdo, en muchos más casos, se había desvanecido.

¿Es más importante que cuando se acuerden de nosotros sea con connotaciones positivas o que nos recuerden durante más tiempo?
Como demuestra el repetido lema “que hablen de ti, aunque sea mal”, en muchos campos, lo importante es dejar impacto, sea positivo o negativo. Hay una gran cantidad de actores, vendedores, presentadores de televisión y seductores que deben sus éxitos a tener una cara memorable, un rostro quizás imperfecto pero resultón. Y, además, con la edad el efecto se hace más notable: cuando el atractivo físico empieza a ser menos importante, lo importante es el factor diferencial, la huella que se deja en los demás.

Los feos resultamos menos intimidatorios
Una investigación publicada hace tres años, realizada conjuntamente por la Universitat de València y la de Groningen, constató el nerviosismo que producen las personas atractivas. Cuando a un grupo de hombres se les pidió que hicieran sudokus delante de una mujer guapa, se observó como aumentaban sus niveles de cortisol, la hormona que nos produce desasosiego.
El efecto era tan notable que, en muchos medios, la investigación se publicó con titulares como Las mujeres bonitas serían perjudiciales para la salud de los hombres. Los datos de la citada investigación eran muy llamativos porque, como nos recordaba Alicia Salvador, una de las directoras del estudio, la significativa elevación de niveles de cortisol se daba porque estaban delante de chicas que “no eran modelos, sino estudiantes universitarias. Guapas sí, pero chicas normales que colaboraron con nosotros”.
En la vida cotidiana ese temor que nos produce la belleza es habitual. Pocas personas se atreven a intentar ligar con los chicos y chicas físicamente imponentes: aunque en principio se dice que esta tensión ante las personas más atractivas afecta especialmente a las personas inseguras, los estudiosos de estos temas nos recuerdan que, en asuntos de seducción, la mayoría de individuos tienen poca seguridad en sí mismos y eso hace que la intimidación elimine gran cantidad de posibilidades a las personas atractivas. El efecto de desasosiego que produce la belleza puede llegar al extremo: en psicología clínica, de hecho, hay suficientes personas que lo sufren como para que el fenómeno tenga nombre: venustrafobia.
Hay, además, otro inconveniente para los guapos. En estos temas solemos focalizarnos en nuestro grupo objetivo, calculamos desde jóvenes el espectro estético con el que creemos que podemos triunfar, y a las personas más guapas las sentimos fácilmente fuera del rango. De hecho, una queja habitual de los más atractivos es la dificultad que supone a la hora de salir: es muy duro ir a ligar a una discoteca con un amigo/a guapo/a. Es mucho más reforzante ir con alguien menos aparente físicamente que nosotros.
El temor que infunde la belleza no solo tiene consecuencias en la seducción. Hay numerosas investigaciones que sacan a la luz, por ejemplo, la dificultad que supone la belleza a la hora tener una situación de tensión con alguien… aunque este momento desasosegante pueda ser bueno para esa persona a medio plazo. En los experimentos se extraen datos que muestran, por ejemplo, que a los alumnos más atractivos se les corrige menos; a los jefes más guapos se les advierte más tarde de que la situación se les está yendo de las manos… e, incluso, que a los individuos atractivos se les diagnostican enfermedades menos graves que las que tienen. Nos cuesta más tolerar la tensión que supone apenarles. Y eso puede tener malas consecuencias para ellos.

Los feos parecemos más amables
James McNulty dirigió en el año 2008 a un equipo de psicólogos que reclutó a decenas de parejas heterosexuales con varios años de relación. Estos investigadores dividieron a las parejas en tres grupos: aquellas en las que los dos miembros tenían un parecido similar, aquellas en las que él era más atractivo que ella y, por último, parejas en las que la mujer era más atractiva que el hombre. Después, las pusieron a charlar e interaccionar durante diez minutos.
Los resultados, que se publicaron en el Journal of Family Psychology demostraban un efecto esperable: en las parejas de belleza disímil, había un comportamiento mucho más entregado y amable por parte de la persona menos agraciada. En todo caso, eso era lo que percibía su pareja. De alguna manera, se espera que los feos tratemos de compensar la falta de belleza con otros factores relativos al trato y al esfuerzo por mantener la relación.
Nuestra mente funciona con lo que el psicólogo Solomon Asch denominó teorías implícitas de personalidad. Asociamos implícitamente (no es algo de lo que seamos conscientes) ciertas características con otras. Una de esas ideas subterráneas es que las personas más agraciadas son más prepotentes (porque se lo pueden permitir) y los que tenemos menos atractivo somos más amables. No importa mucho que las investigaciones no encuentren esta correlación: está presente en el imaginario colectivo y acaba teniendo un efecto de profecía autocumplida. Como encaramos a las personas guapas dando por hecho que van a ser distantes, buscamos las señales de su altanería y, a la mínima, acabamos por convertir la relación en algo tenso. Y al contrario: con individuos con peor físico, contamos con su mejor acogida y nos relajamos… lo cual redunda en una relación más cercana. Un ejemplo de esa afabilidad que se nos supone a los menos agraciados es, seguramente, este artículo. Pocas veces oímos hablar a una persona atractiva sobre las ventajas que le supone ser tan guapa. Sin embargo, los feos podemos rebuscar entre las investigaciones para encontrar los factores vitales que optimizamos sin resultar engreídos. Lo cual no deja de ser una ventaja…

Belleza fea, fealdad bella
El arte del siglo XX se encargó de manera radical no sólo de borrar la frontera en la alta y la baja cultura sino entre los límites de la belleza y la fealdad. Cubistas, expresionistas (alemanes, belgas, holandeses, americanos, franceses, de nuevo alemanes...) fusionaron lo bello y lo horrendo con resultados escalofriantes. Algunas obras de estos artistas, desde Dubuffet a Basquiat, pasando por Kokoschka o Klee, ilustran el artículo en la edición impresa sobre las ventajas y el atractivo de ser feo.



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