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dissabte, 24 de gener de 2015

“Lo que cuenta es el compromiso”. Pascal Plisson, La Contra de la Vanguardia.

Pascal Plisson, director de cine y de documentales. Autor de Camino a la escuela.
Tengo 55 años. Parisino, dos hijas, una francesa (14) y una francokeniana (13). Autodidacta, dejé la escuela a los 15 años. Amo el mestizaje y la universalidad. En Francia tenemos un problema de educación, integración, inmigración y pobreza que nos ha explotado en la cara.

A los 16 años se marchó...
Mi relación con la familia no era buena y me fui a ver mundo. Me enrolé en el ejército para ser guía de montaña y ahí empecé a hacer películas. Siempre me interesó la vida de los otros.

¿Qué filmaba en la montaña?
Acompañaba a expediciones; en mi primer documental, a una expedición formada por personal de Médicos del Mundo, del Instituto Pasteur y científicos rusos. Fuimos los primeros occidentales en adentrarnos en los pueblos nómadas del Gran Norte de Siberia y vivir con ellos (1993). Gané muchos premios.

¿Qué encontró?
Gente que vivía en plena naturaleza, pero los niños fueron rusificados, arrancados de sus padres y llevados a internados rusos.

Una zona con un suelo muy rico.
Sí: cobre, oro, gas, que los rusos querían. Viví con esos pueblos cuatro meses y me contaron que cuando los niños volvían ya no hablaban la lengua materna; algunos padres, al no poder comunicarse con ellos, se suicidaban. Como suele pasar en la historia, acabamos con una cultura para quedarnos con sus riquezas. Es un ciclo. Un ciclo cruel. Muy cruel. También pude pasar mucho tiempo con los guerreros masái en Kenia, donde viví doce años. Una comunidad muy cerrada.

¿Qué le llamó la atención?
La vida de guerrero dura cinco años, hasta que una nueva generación los reemplaza, y entre ellos no hay jerarquía, todos están en el mismo nivel. Los más viejos se ocupan de los jóvenes. Es una vida llena de aventuras, pelean contra otras etnias por el ganado.

Sus películas sobre fauna salvaje han sido muy premiadas.
Sí, mis películas sobre babuinos, cocodrilos, leones, guepardos y elefantes fueron mucho más exitosas que la de los masáis. Me equivoqué, quise recrear una historia y tendría que haber hecho un documental. Fue un estrepitoso fracaso.

Algo aprendería.
Muchísimo, entre otras cosas, que el del cine es un mundo muy cruel y que el éxito nunca es completo ni la derrota definitiva, lo que cuenta es el compromiso.

Años en plena naturaleza acechando animales.
Amo esa vida hecha de encuentros, en la que una cosa me lleva a otra.

¿Qué le llevó a Camino a la escuela?
Estaba filmando una película sobre elefantes en medio de la nada, en Kenia, y veía pasar niños corriendo descalzos por los valles, en medio de la sabana... Un día paré a uno: “¿Qué haces aquí corriendo a las seis de la mañana?”. “Pues he salido de mi pueblo hace un par de horas y detrás de esa colina está mi escuela”. “¿Y por qué no te quedas con tu familia cuidando de los animales?”. “Quiero tener una educación”.

Impactante.
Pensé que debía de haber más niños como Jackson por el mundo. La familia de Jackson es muy pobre, comen una vez al día: una col. Pero él, con 11 años, y su hermana de 7 atraviesan la sabana para ir a la escuela: te pueden atacar los búfalos, los elefantes... En la escuela de Jackson cada año mueren cuatro o cinco niños.

¿Qué otra historia le ha conmovido?
La de Samuel, un niño discapacitado de India cuya relación de amor con su madre y con sus dos hermanos es increíble. Tenía tantas ganas de ir a la escuela que sus dos hermanos pequeños lo llevan hasta allí arrastrando una silla de ruedas imposible, construida con una silla de camping, durante una hora y media, atravesando ríos y lodazales.

¿Qué quiere ser de mayor Samuel?
Médico, “para curar a todos los niños que están como yo”, dice. Al principio íbamos a poner un narrador en la película, pero cuando oí lo que los niños iban contándose entre ellos mientras caminaban entendí que no hacía falta decir nada más.

¿Y Jackson qué quiere ser de mayor?
Quiere ser aviador y recorrer mundo, así que ha venido conmigo a Francia, Japón, Qatar. Es un gran embajador para la educación. Coge el micro frente a grandes empresarios y les pide que ayuden a su país. Y cuando sabe que aquí a los niños no les gusta ir a la escuela se vuelve loco, no puede entenderlo.

La historia de Zahira también impacta.
Recorre 22 kilómetros por el Atlas marroquí, nevado en invierno, para llegar a la escuela, cuatro horas y media caminando. Y recorre los pueblos de la montaña para intentar convencer a otros padres de que dejen que sus hijas vayan a la escuela.

Esos niños le han marcado.
Sí, ha sido un encuentro profundo y verdadero. Me ha gustado vivir con ellos y sus familias. Es el universo en el que me siento bien. Me siento mejor allí, con ellos, que recibiendo el premio César.

¿Esta película ha mejorado sus vidas?

Un grupo de amigos ha creado una asociación para ayudarlos en sus sueños. Y yo recorro Occidente intentando crear conciencia entre los países ricos de que los pobres tienen futuro con nuestra ayuda.


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