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dimecres, 28 de gener de 2015

EL LADO OSCURO DEL PENSAMIENTO POSITIVO. Álvaro Merino.

Llenamos las redes sociales de mensajes positivos, encontramos frases de discutida autoría cargadas de positividad. Hasta aquí muy bien, pero ¿para qué?
¿Qué conseguimos con tantas frases positivas? ¿De qué sirve el pensamiento positivo si se queda ahí?
Y es que desgraciadamente en muchas ocasiones, este tipo de pensamientos sirven únicamente para convertirte en alguien muy cool con trazas de trascendente y punto. Muchos de los pensamientos positivos que leemos y compartimos nada tienen que ver con nuestros comportamientos.
Leía no hace mucho que lo importante no es si la botella está medio llena o medio vacía sino que lo importante es si la estamos llenando o la estamos vaciando. Posiblemente ésta sea la esencia del lado oscuro del pensamiento positivo. Leemos, pensamos, pero luego no actuamos positivamente, sino que seguimos siendo esclavos de estados de ánimo negativos que utilizamos como excusas para abandonar nuestros objetivos.
El pensamiento positivo puede convertirse en la guarida perfecta para aquellos que no quieren enfrentarse a las dificultades inherentes a la vida. Transforman el verdadero pensamiento positivo en la versión superficial y superflua de la vida. Negar las dificultades y hacer huidas hacia delante no es quedarse solo con lo positivo, es ser un cobarde.
El pensamiento positivo sin un comportamiento positivo coherente es una gran mentira. Y un comportamiento positivo se construye desde la aceptación de aquello que no puedes decidir, de aquello que nunca podrás cambiar y de la actitud con la que tu llenes la botella que en muchas ocasiones ni siquiera has elegido.
Ser optimista pero carecer de un plan riguroso, estructurado y bien diseñado es el camino perfecto para vivir esa mentira. Y vivir así, antes o después, se viene abajo irremediablemente. Es cuestión de tiempo. Tener objetivos bien diseñados, ser disciplinado y persistente es más importante que tan solo tener intenciones positivas y pocos o ningún acto coherente.
Al igual que no tener enfermedades nunca es sinónimo de estar sano, carecer de pesimismo no es ser optimista. Ser optimista tiene mucho más que ver con conseguir que nuestro cerebro disponga de una “ventaja de felicidad”, es decir, que funcione en positivo con más frecuencia que en negativo. Y para conseguir que el cerebro trabaje de esta manera hay que entrenar a diario y con mucha consciencia.
El optimismo guarda mucha más relación con la tolerancia a la frustración y con la resiliencia, que con el hecho de agarrarnos a frases que nos acercan al tan utilizado refranero, que despacha consejos para todos y tiene respuestas en todos los sentidos. Me recuerda mucho a aquella frase del genial Groucho Marx sobre sus principios: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Sin embargo, ser capaces de sobreponernos a las adversidades y salir reforzados de ellas nos regala un entrenamiento valioso para nuestro cerebro, que afrontará con mayor optimismo otras situaciones difíciles.
Ser optimista es ser valiente, es dar un paso adelante cuando lo cómodo sería quejarse por la mala suerte y no apostar por cumplir con tus objetivos y decidir esforzarte por conseguirlos.

Menos frases optimistas y más hechos positivos.


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