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dimarts, 20 de gener de 2015

El respeto en el siglo XXI. Mayte Rius. La Vanguardia.

A menudo vemos comportamientos de otros que nos molestan: un vecino de butaca que come en el cine; el amigo que ignora tu conversación en favor de los mensajes del móvil; el pasajero de autobús que discute por teléfono a todo volumen... Y uno se pregunta dónde está el respeto
Hace algunas semanas Roberto difundió un chiste en el grupo de WhatsApp de la familia. Un minuto después llegaba el comentario de su prima: “No es gracioso, es machista”. Sorprendido, Roberto contestó: “Es un chiste”. “No, es una falta de respeto”, dijo ella. De ahí la conversación derivó a los cambios sociales, la necesidad de romper los estereotipos sexistas y de acabar con los micromachismos, pero sirvió, sobre todo, para que Roberto se parara a pensar si en otras ocasiones también estará siendo irrespetuoso sin saberlo, si quizá las faltas de respeto han cambiado.
“Hoy en día es más difícil tener claras cuáles son las faltas de respeto, saber qué es lo que puede agredir a los otros, porque la sociedad es más heterogénea y somos grandes abanderados de los derechos individuales y de la libertad de expresión”, afirma la socióloga María Silvestre, profesora de la Universidad de Deusto. “En una sociedad más homogénea –como la de gran parte del siglo pasado– hay un reconocimiento social de las normas que todo el mundo debe aplicar y asumir como propias, y las faltas de respeto son muy claras porque la sociedad las rechaza y las recrimina; pero a medida que la sociedad se abre desaparecen esas faltas tan rígidas, todo se difumina más y depende del criterio de cada uno, somos más libres y la subjetividad cuenta mucho, y no es tan fácil decir qué es lo que puede no respetar a los otros”, coincide la filósofa Victoria Camps. Pero da pistas para adivinarlo: “Faltar al respeto es indiferencia, no tener en cuenta al otro, pasar de él”. En una línea similar se expresa Vicente Martínez-Otero, profesor de Psicología Educativa de la Universidad Complutense: “En las relaciones interpersonales el respeto supone deferencia, una mirada atenta al otro, reconocer su dignidad y su valor, tanto de las personas como del entorno, de los animales y la naturaleza”.

MÁS QUE TOLERANCIA
Silvestre aclara que no hay que confundir respeto con tolerancia ni con lo políticamente correcto. “El respeto implica más esfuerzo, exige no sólo tolerar algo sino acercarte a esa manifestación, entenderla y aceptarla; y aunque los discursos y actitudes marcados por lo políticamente correcto frenan ataques a mujeres o a minorías, tampoco garantizan el respeto” porque éste requiere comprender y aceptar su forma de ser o de pensar.
A este respecto, María Rosa Buxarrais, psicóloga y profesora de Educación y Valores en la Universitat de Barcelona (UB), opina que hoy es más difícil ser respetuoso porque hay más diversidad y pluralidad en la forma de ver la realidad y de ser feliz, pero también advierte que, precisamente por eso, es más necesario que nunca el respeto y la educación en valores en general. “Si no se respeta a quien no vive como tú, quien no piensa como tú o no viste como tú, si uno sólo prima lo suyo y piensa en salirse con la suya sin ver si lo que hace puede molestar a los demás, nos encaminaremos al caos”, alerta.
Porque, como comenta Martínez-Otero en 10 Criterios para encontrarnos (CCS), el respeto se considera la ley fundamental de cualquier relación, sea de pareja, entre un jefe y un empleado, entre profesor y alumno o entre vecinos; sin respeto cualquier relación se debilita y tiende a quebrarse. “La convivencia se distingue sobre todo por la actitud respetuosa; el respeto es el factor integrador que posibilita la vinculación, porque las relaciones entre personas no pueden depender únicamente de las leyes”, dice.

EDUCACIÓN
Pese a su trascendencia para la convivencia, sociólogos, filósofos y pedagogos aseguran que el respeto está en desuso. “A la sociedad española le hace falta madurar desde el punto de vista cívico, hace falta más educación para convivir, para respetarnos unos a otros; en lugar de suprimir la asignatura de Educación para la Ciudadanía como se ha hecho con la última reforma, habría que desarrollarla orientada a la cultura cívica y democrática y enseñar qué implica la convivencia”, enfatiza Marta Postigo, profesora de Ética de la Universidad de Málaga. A su juicio, el respeto en el fondo es educación, y la educación “implica aprendizaje, tanto en casa como en el instituto, para saber respetar a las otras personas y al entorno”.
Para esta especialista en filosofía moral, que ahora se observen más faltas de respeto no tiene que ver tanto con que la sociedad sea más diversa o con que la tecnología nos proporcione nuevos canales de comunicación como con el hecho de no cuidar la educación y las normas cívicas tanto como en otros países. “Si uno sabe que hay que respetar a las chicas, lo hará en la calle y lo hará por WhatsApp o donde sea; y si a uno le enseñan a respetar las normas de convivencia, a no ensuciar, a no hablar en voz alta, a respetar a las personas de su entorno, lo aplicará en el cine, en la plaza o en el autobús”, ejemplifica. Lo que sí ha contribuido según Postigo a que ahora se observen más conductas irrespetuosas en espacios públicos es la expansión del consumismo. “Cuando vivíamos en una sociedad económicamente deprimida eran muy pocas las personas que iban al cine o a los restaurantes; hoy la clase consumista se ha ampliado y son muchas más las personas que van, pero no basta con ir, también hay que saber comportarse”, describe.
La socióloga María Silvestre también vincula las faltas de respeto con una sociedad más igualitaria. “Valores tradicionales que es importante transmitir a los hijos como la obediencia y el respeto se han vinculado erróneamente a la autoridad y la jerarquía, y cuando se ha perdido la legitimidad de la autoridad y se han difundido los principios de igualdad y la libertad de expresión se ha desdibujado lo que supone el respeto; pero que las relaciones sean más horizontales e igualitarias no quiere decir que no haya que respetar al otro”, manifiesta. Y apunta que esto se observa en las familias, donde los menores han pasado de no tener privilegios y exigirles obediencia y respeto a convertirse en los reyes de la casa.

INDIVIDUALISMO Y TECNOLOGÍA
La profesora Buxarrais desliga jerarquía y respeto: “La gente se respeta poco porque la sociedad es cada vez más individualista y se prima más lo de uno que lo de los demás o el bien común; pero no puedes pretender que te respeten si no respetas, es una relación recíproca”. Y enfatiza que las faltas de respeto a menudo parecen nimias –como no saludar al entrar en un sitio–, pero se van multiplicando y acumulando “y se llega a un punto en que, perdidas las buenas costumbres, parece que no somos humanos”. Martínez-Otero cree que la falta de tacto con los otros también se ve acrecentada por el hecho de que muchas relaciones están mediadas por las tecnologías. “Hoy la actitud, en general, es menos sensible a los demás, a sus necesidades, a sus derechos; no siempre hay la empatía suficiente, acaso por la prisa, por el estrés y por la omnipresencia de la tecnología, que hace que las otras personas aparezcan menos nítidas, se las conozca peor y se pierda implicación personal y la prudencia en el trato”.

EL CONTAGIO
Hay unanimidad entre los expertos en que el respeto, como el resto de valores, se transmite y se aprende, y que en ese ámbito padres y escuela juegan un papel fundamental. Pero también dejan claro que no son los únicos responsables de que proliferen las faltas de respeto en la sociedad. “El respeto es cuestión de educación y la educación no depende sólo de la familia y de la escuela; cuentan también los políticos, los medios de comunicación y todos los agentes sociales que dan la pauta de cómo hay que comportarse, que sirven de modelo y socializan durante la infancia y la adolescencia”, afirma Victoria Camps. Y resalta que las cosas se aprenden no sólo porque alguien las enseñe, sino también por ósmosis, por contagio o influencia. “Si todo el entorno es irrespetuoso, por más que te enseñen a ser respetuoso no se te acaba inculcando nada”, dice. A este respecto Buxarrais llama la atención sobre las intervenciones de políticos y famosos en medios de comunicación: “Hay programas que son un atentado contra la dignidad de las personas, una falta de respeto constante, y si los niños y los jóvenes ven la falta de respeto como algo habitual, como algo que se hace y no pasa nada, lo toman como tal” y lo trasladan a su cotidianidad.

Martínez-Otero opina que fomentar el respeto “pasa por fortalecer nuestra mirada personal a los demás, por saber que los otros son personas con necesidades, derechos, etcétera, y que debemos actuar con la debida cautela en los asuntos que puedan tener un impacto en la convivencia”. Para ello propugna una autorregulación social de un marco de cortesía que rija tanto las relaciones convencionales como las del ciberespacio. María Silvestre asegura que si en la década de los cincuenta la sociedad fue capaz de establecer un marco como el de los derechos humanos, ahora debería de poder establecer un marco ético de mínimos, de respeto y de aspectos que no pueden ser vulnerados por una afirmación exagerada de los principios individuales. “Tenemos el derecho de opinar, de sentir, de actuar como individuos, pero ese derecho tenemos que verlo y entenderlo dentro del consenso ético al que hemos llegado como sociedad”, apunta. Y añade que ello implica pasar de una educación enfocada al individuo en sí mismo a otra que eduque al individuo en sociedad. “Potenciamos habilidades y capacidades en los niños pero nos dejamos en el margen otras cuestiones, como la ética, que son importantes para la convivencia”, reflexiona. 


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