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diumenge, 18 d’agost de 2013

YO ERA CAMPEÓN DEL MUNDO, ORO OLÍMPICO... Y COCAINÓMANO. Pedro garcía Aguado. La Contra de La Vanguardia.




—Empecé a beber a los 15 años. Era tan bruto que para tener el valor de hablar con una chica, tenía que beber.

Y eso que tenía planta.
La timidez era la excusa para beber. Luego dejé Madrid y a los 17 años me vine a Barcelona, la capital española del waterpolo, y viví en la residencia Blume.

¿Una residencia para deportistas no era disciplinada y controlaba sus salidas?
—Vivíamos bien: Jugábamos, nos entrenábamos, descansábamos y salíamos. Ganábamos dinero como seleccionados y nos comíamos el mundo... Y algunos nos lo bebíamos.

¿Cuándo empezó a esnifar cocaína?
—En 1990, después de los JJ.OO. de Seúl, donde habíamos quedado sextos.

¿Y siguió jugando y esnifando?
—En 1991 logramos plata en el Mundial; en 1992, plata en Barcelona; en 1993, subcampeones de Europa; en 1994, subcampeones del Mundo; en 1995, subcampeones de Europa con mi club, el Catalunya; en 1996 ganamos el oro en los JJ.OO. de Atlanta; en 1997 pinchamos en el Europeo de Sevilla, pero en 1998 logramos ganar oro en el Mundial, y en Sídney, en los JJ.OO. del 2000, cuartos.

Un palmarés envidiable... ¿Drogado?
—Nunca consumí para rendir más. El consumo de cocaína y alcohol era para mí la fiesta, la diversión: Cuando acababa una competición lo celebraba, aunque no hubiera nada que celebrar. A partir de 1998 estaba tan enganchado que consumía jueves y viernes por la noche; el sábado daba una excusa para no entrenarme y el domingo iba al partido.

¿Si no hubiera consumido, habría rendido más como deportista?
—No creo. Yo rendía a un nivel muy alto, pero sí que hubiera disfrutado mucho más del waterpolo, que era lo que más me gustaba en la vida. Como ya era un adicto, cuando no consumía me sentía gris y me deprimía.

¿Por qué empezó a esnifar?
—Porque me permitía beber sin sufrir los efectos indeseables del alcohol. Yo llevaba una moto grande y me daba miedo conducir borracho, así que... ¡Qué forma más tóxica de pensar! ¡Me parecía más seguro conducir metido de coca! Era adicto e inventaba cualquier mentira para seguir consumiendo.

Usted tenía fácil mentirse.
—Pensaba: «Soy campeón del mundo... ¡Medalla de oro! ¡Cómo voy a ser un adicto! Adictos son esos vagabundos que duermen sobre cartones en un portal; yo soy un triunfador».

¿Y los controles antidopaje?
—Hacía parones de consumo para evitarlos y así iba tirando.

Consumió y compitió durante catorce años. ¿No le pillaron nunca?
—En una reunión preparatoria de los JJ.OO. de Barcelona levanté la mano, porque sólo con uno que diera positivo, echaban a todos.

¿Confesó?
—Les dije: «Tengo un problema, salgo por la noche y, si bebo, no sé parar y entonces consumo otras sustancias».

Glubs.
—Los entrenadores se asustaron. Decidieron que me harían controles sólo para mí. Si pasaba sus controles privados, entonces podría jugar.

¿Los pasó?
—Todos, e hice mi mejor Olimpiada. Aún podía hacer parones, porque pensaba: «Si gano, el festival de consumo será tremendo».

¿No notaba el frenazo de la coca?
—Cuando hacía un parón, me volvía un maniático intratable; era el síndrome de abstinencia, que yo disfrazaba de mala racha. ¿Sabe cómo se detecta un adicto?

¿...?
—Porque su entorno, sus amigos, su familia, su trabajo se empieza a deteriorar.

¿Cómo se deterioró su familia?
—Estuve casado cuatro años; tuvimos una hija, Claudia. Yo seguía saliendo hasta que una noche salí y no volví en tres días.

Menuda juerga.
—Le dije a mi mujer que no podía parar la fiesta. Discutimos. Así que decidí abandonar a mi mujer, de 28 años, y a mi hija, de ocho meses, pensando que era lo mejor para no hacerlas desgraciadas.

Era usted muy impulsivo.
—La coca te vuelve irreflexivo. Conocí a otra persona del mundo de la noche y me puse a vivir con ella. Tuve otra hija con ella y empecé a culparla de todo lo malo que me pasaba, y que empezaba a ser mucho... Demasiado.

¿Se dio cuenta de su adicción?
—Ingresé en el centro Marenostrum con mi mejor amigo, el también campeón de waterpolo Jesús Rollán, que acabó suicidándose.

Terrible.
—Fue durísimo para todos. Llegó el Mundial de Barcelona 2003 e intentaron recuperarme para jugar, pero yo sólo fui a dos entrenamientos; al tercero, salí por la noche y ya iba colocado. Ahí vi que tenía un problema.

Grave.
Ya no podía culpar a nadie de mis desastres: Ni al seleccionador que me echó ni a mi mujer... Yo era el único culpable. Ingresé.

¿Cómo se empieza el tratamiento?
—Me dijeron: «¿Quién eres?». «Yo soy Pedro García, el campeón olímpico». «No, Pedro, tú eres un adicto, un alcohólico y un cocainómano». «Y tú, un hijo de puta», contesté llorando. Pero sabía que tenían razón.

¿De verdad no se había dado cuenta?

—Con la coca, España siempre va bien. Vives una mentira hasta que se hace insostenible. Poco a poco, traté de volver a ser útil. Estudié, descubrí que podía ayudar a otros adictos. Me hice terapeuta.


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