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dijous, 1 d’agost de 2013

NO TE FÍES NI UN PELO DEL QUE VA DE SERIO. Javier Cercas. La Contra de la Vanguardia.




—¿Qué sabe de usted?
Que soy un tipo con unas ganas espantosas de pasarlo bien y con una espantosa incapacidad para lograrlo. Igual si supiera más de mí no escribiría. Escribo para saber quién soy.

—¿Contento de lo que ha hecho con su vida?
¿Quién lo está? Pero nada me alegra más que estar viviendo. A mí lo que me gustaría es ser alegre, y lo soy bastante.

—¿Aprendido o innato?
En la adolescencia leí simultáneamente dos libros que me cambiaron la vida: Tres tristes tigres y Rayuela, de ellos aprendí que había que pasarlo bien como fuera.

—Eso suena a desesperado.
También escribo para no sacar el indeseable que llevo dentro, un tipo repugnante.

—¿Le ha visto la cara?
Cada mañana. Si yo no escribiese sería un peligro público, haría cosas malas. ¿No tiene la sensación de que es capaz de lo peor?

—Mejor hablemos de usted.
Sí, mejor, es lo que más cerca tengo.

—¿Qué quiere contar en sus libros?
Algo imposible: Cómo funciona el mundo. Es una manera de matar el tiempo y de no darte a ti mismo la lata.

—¡Si se pasa el día enganchado a sí mismo!
Sí, pero distraído, para eso sirven las grandes cosas: El amor, el sexo, el arte..., para no acordarte de que tú eres tú; para desautomatizar la realidad, ¿En qué sentido?

—Usted dirá.
Vivimos de una manera distraída. «La costumbre nos roba el verdadero rostro de las cosas», decía Montaigne. Pero ¿Por qué decía yo esto?.

—No lo recuerdo.
Yo tampoco. Es igual. Empecé a escribir con 14 años, pero no se lo decía a nadie. En mi casa son muy católicos, y, claro, yo también lo era. De repente pillé a Unamuno y tuve claro que no podía vivir sin literatura. Luego descubrí el lenguaje con Borges y supe que no todo es pensamiento y volverse loco.

—¿Desde cuándo se come las uñas?
Desde siempre, soy autodestructivo.

—¿Destruye algo más?
Sí, sí, todo en general, y creo que ser autodestructivo es una herencia de la educación católica, que es muy perversa.

—Pero si es usted un hombre de estructura clásica.
Sí, y creo que el matrimonio es un gran invento muy complicado. Yo soy un loco y mi mujer una persona sensata, lo cual está muy bien. Pero, claro, si ella fuera una loca igual yo sería un tipo sensato.

—¿Y qué?
Que sí, que el peso de la familia es muy importante. Si les ocurriera algo a mis padres me moriría. Creo que la mayoría de las cosas que hago las hago por ellos. Decía Walter Benjamin que la felicidad es vivir sin temor.

—Entonces lo tenemos mal.
Por eso yo prefiero apostar por la alegría, que es más asumible que la felicidad. Hay una frase de De la Rochefoucauld que pensaba ponerme en la entrada de mi casa: «La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu».

—¡Qué razón tiene!
Sí, no te fíes ni un pelo del que va de serio, en realidad está ocultando algo. Toda solemnidad es siempre sospechosa, o dicho de otra manera...

—¿Adónde va?
A escenificárselo: Fíjese en cómo camina el que cobra más de 3.000 euros al mes...

—Como si se hubiera tragado el palo de una escoba.
Exacto. En cambio, Groucho Marx caminaba así de agachado, y eso es una actitud moral.

—Que usted comparte.
Kafka decía que en un mundo sin Dios el sentido del humor es casi una obligación moral. ¡Claro! Si existiera Dios, ¿Para qué nos íbamos a reír? Estaríamos todo el día colgados. Pero después hay otra frase en la que dice todo lo contrario.

—... Señal de que era inteligente.
Cierto, Voltaire decía que el que no se contradice tres veces al día es un idiota. Pues la otra frase de Kafka era sobre Chesterton: «Es tan divertido que parece que haya visto a Dios», decía. ¡Lógico, menudo subidón haber visto a Dios!

—¿Y qué frase prefiere de las propias?
La que dice que la verdadera aristocracia es la que forma a personas bondadosas. Tendemos a valorar el atractivo del mal. Sobre todo los escritores, que caemos en ese tópico de que con los buenos sentimientos nunca se ha hecho buena literatura. Tendemos a pensar que J.R. es el más atractivo.

—Buen ejemplo.
Me temo que el mal no es más misterioso que el bien, y que esa gente buena existe; aunque yo no esté entre ellos.

—Pues yo le veo lleno de buenos principios.
Para mí, la moral es aquello que sirve para vivir más y mejor. Yo lo que busco es no hacer daño a nadie y vivir con más intensidad, y el instrumento que he encontrado para ello es la literatura.

—¿En qué le gustaría convertirse?
Lo sensato es decir que a lo único que se puede aspirar es a ser uno mismo. Pero sé que es una evidencia que puede sonar solemne. También podría decirle que me gustaría ser rubio, alto, rico, guapo..., pero tampoco.

—¿Entonces?
No me quejo, porque quejarse es de mala educación.

—Pues dígame quién es Cercas sin quejarse.

¡Está clarísimo!: Moreno, bajito y con boina. Pero ¿Sabe lo que pasa? ¡Que no me veo, no me veo!..., ja, ja, ja.


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