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divendres, 23 d’agost de 2013

Deprimirse en verano. Lluis Muiño. La Vanguardia.

Nuestro cerebro no está tan preparado para las vacaciones como nos gustaría y menos cuando todas las expectativas son peores de lo que habíamos imaginado... 
Ver que todo el mundo se lo pasa en grande (o eso parece) tampoco ayuda
Han llegado, por fin, después de hacerse esperar más que nunca, la luz y el sol. Muchas personas están de vacaciones y las calles se han llenado de animación y de bullicio. Da la impresión de que todo el mundo está buscando fiestas a las que unirse, música para bailar y gente con la que salir. Sin embargo…
... Sin embargo, una encuesta realizada por el Centro de Estudios Infantiles de la Universidad de Nueva York advertía hace unos años que uno de cada cinco jóvenes empeora su estado de ánimo en estas fechas. El dato es más preocupante aún en aquellos que ya estaban previamente deprimidos: el 54% ve agravado su estado en verano. La investigación añadía, además, datos que nos hacen intuir las razones por las que ese empeoramiento emocional de ciertas personas es tan poco conocido. En el caso de estos jóvenes encuestados, se veía que la depresión les llevaba en muchos casos al abuso de drogas y alcohol, así como a asumir muchas conductas de riesgo, actos muy fáciles de disimular como "ganas de divertirse". En las chicas este efecto paradójico era mucho más notable: la mayor parte de las borracheras se daba en momentos de bajón emocional y de autoestima negativa. Moraleja curiosa: muchas personas pueden parecer más marchosas cuando más deprimidas están.
Nuestra intuición nos dice que una persona en este estado parece triste. Asociamos los malos momentos anímicos con lágrimas y desánimo. Y por eso el declive emocional veraniego pasa desapercibido. Olvidamos que, en estas épocas del año, los síntomas más habituales (la irritabilidad, la falta de concentración, los problemas de sueño, la falta de alimentación y los desórdenes alimenticios) pueden convivir con ganas de salir, ligar, beber y bailar.
El resultado más negativo de esta dificultad para etiquetar el bajón veraniego es que las personas que lo experimentan acaban teniendo la falsa sensación de que les está ocurriendo algo anómalo. Cuando alguien se deprime en esta época del año es fácil que tenga la impresión de que le sucede algo insólito que lo convierte en el único individuo que atraviesa un mal momento en vacaciones. Mira hacia todas partes y cree ver gente alegre que se está divirtiendo y disfrutando. Y eso no hace más que acentuar su depresión.
Por eso es importante difundir que existen miles de investigaciones, como la anterior, que llegan a la conclusión de que hay un número considerable de personas que se sienten peor en verano. Nuestra mente no está tan bien preparada para las vacaciones como creemos y, por diferentes razones, se trata de un momento del año en el que muchas personas atraviesan por un empeoramiento del estado de ánimo.
Uno de los factores que dificulta la buena relación de nuestra psique con las vacaciones es la tendencia humana a generar expectativas idílicas. En una mirada superficial sobre la vida estival es fácil llegar a la conclusión de que todo el mundo se lo pasa fenomenal. De hecho, tal como señalaba la investigación neoyorquina, incluso los que están en un mal momento anímico parecen estar disfrutando a tope: salen mucho, beben y se drogan, intentan ligar continuamente… Nuestra mente imagina que eso es lo que va a ocurrir con nosotros… y es muy habitual que nuestras esperanzas utópicas queden decepcionadas.
Daniel Gilbert, un profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, es uno de los expertos que más se ha preocupado de advertir contra este riesgo de la tendencia a soñar con proyectos de felicidad plana, sin aristas. Según este psicólogo, nos creamos a menudo expectativas demasiado altas porque asociamos determinadas situaciones (estar de vacaciones, viajar, tiempo caluroso…) con bienestar garantizado y continuo. Y eso es algo que casi nunca se cumple.
Para poner de manifiesto el error subyacente a esta tendencia mental, el equipo del doctor Gilbert llevó a cabo un experimento en el que se pedía a un grupo de voluntarios que enumeraran acontecimientos que los harían felices y puntuaran del uno al diez el grado de felicidad que pensaban que iban a obtener al ocurrir esos hechos. Tiempo después, los investigadores volvían a entrevistarles: esta vez les pedían que puntuaran la satisfacción obtenida una vez conseguidos sus objetivos. Los resultados de la investigación fueron contundentes: el grado de satisfacción era menor que el esperado en más del 95% de las cuestiones en las que los investigados creían que iban a encontrar satisfacción segura.
La razón de esta frustrante diferencia entre lo que esperamos y lo que conseguimos es, según Daniel Gilbert, nuestra deficiente recopilación de información a la hora de generar proyectos de bienestar. "Hemos notado que cuando una persona quiere algo que piensa que lo va a hacer feliz, como por ejemplo unas vacaciones en Grecia, suele buscar información o imaginar lo que podría ser en vez de consultarlo con personas similares que han estado en la misma situación". Es decir, nuestro cerebro prefiere inventarse cuál va a ser el grado de satisfacción que nos producirá un acontecimiento en vez de recabar información entre aquellos que lo han vivido y elaborar hipótesis con esos datos. Por eso, según Gilbert, la única forma de ahorrarnos decepciones es preguntar a los que saben: "Si tiene un amigo, o alguien de su misma edad y de gustos similares que visitó Grecia, pregúntele sobre su experiencia, así irá mejor preparado y no tendrá expectativas difíciles de satisfacer".
Otro factor psíquico que contribuye a esta tendencia a las expectativas excesivamente idealizadas es nuestro recuerdo. La memoria no está hecha para almacenar el pasado –una función inútil desde el punto de vista adaptativo– sino más bien para animarnos y darnos fuerza para emprender planes futuros. Olvidar las cosas negativas que han ocurrido en nuestras vacaciones anteriores, recordar los deseos satisfechos y teñir lo ocurrido con una continua felicidad idílica es una buena estrategia vital. El que fuera dos veces primer ministro británico Benjamin Disraeli (1804-1881) decía que él, como todos los grandes viajeros, había visto más cosas de las que recordaba y recordaba más cosas de las que había visto: una táctica estupenda para tener ganas de volver a viajar. Lo mismo sucede con nuestra motivación para tomarnos unas cervezas con unos amigos, sumergirnos en la lectura de un libro o ligar en un bar: se basan en recuerdos idealizados. El problema es que la realidad nunca puede competir con un pasado utópico y es muy fácil que acabe frustrándonos. De hecho, aunque ese concepto plano de felicidad se lograra, muchas personas no estarían satisfechas. Un verano agradable no es suficiente para una gran cantidad de personas. Hay quién necesita sacrificio, esfuerzo y altibajos para acabar llegando a la sensación de bienestar.
El psiquiatra Gregory Berns, autor de un libro sobre este tema –adecuadamente titulado Satisfaction–, recopila estudios sobre neurobiología del placer y la motivación en seres humanos que se definen como contentos. En muchas personas, ese estado de ánimo es generado en parte por la liberación de cortisol. Utilizando la medición de cantidades de esta sustancia como baremo, su equipo estudió a atletas que practicaban entrenamientos extremos caracterizados por excesos de esfuerzo físico. Estas personas, a pesar de que tenían síntomas como problemas de sueño, alucinaciones o pérdidas de autoconciencia, recordaban sin ­embargo esta preparación como muy satisfactoria. La disconformidad con lo que tenían les había llevado a la satisfacción.
Según el profesor Berns, existe una gran cantidad de personas que sólo se sienten bien después de sentirse infelices porque sólo encuentran la dicha alcanzando objetivos que no habían conseguido con anterioridad. Para ellos, la felicidad sin retos es imposible y, por eso, se entristecen tan a menudo en verano. Los individuos así encuentran su motor vital en la motivación de logro y su satisfacción sólo llega después de un esfuerzo considerable. En época veraniega, por seguir el ritmo social, intentan renunciar a este tipo de alegría, y eso suele ser una mala táctica porque pagan el precio de un bajón ocasional de su ánimo.
Muchas de estas personas tienen un factor de personalidad que es muy adaptativo en las épocas de trabajo, pero dificulta el disfrute estival. Es lo que, desde los estudios pioneros de los años sesenta de J.B. Rotter, se denomina locus de control interno. El termino alude al lugar en el que situamos la causa de lo que nos está ocurriendo. Las personas de locus de control interno tienden a pensar que los hechos ocurren por sus propias acciones y, por lo tanto, son responsabilidad suya. Los individuos de locus de control externo, por el contrario, suelen echar la culpa a algo externo.
Los individuos de control interno tienen una forma de ver la vida muy adaptativa a la hora de aprender y mejorarse a sí mismos. Son personas que, desde pequeñas, asumen los fracasos (cuando algo se rompe, son del tipo de niños que nos dicen "lo he tirado", aunque haya sido sin querer, en vez de excusarse gritando "se ha caído") y hacen suyos los éxitos ("he aprobado el examen", en vez de "por fin me ha aprobado este profesor que me tiene manía"). Pero es fácil que esta forma de ser les dificulte disfrutar de los periodos de vacaciones. El sentido del deber, la responsabilidad, son más adaptativos cuando estamos trabajando y menos en nuestro tiempo de ocio. En nuestra vida laboral, aceptamos asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Sin embargo, nuestra vida de ocio se disfruta más si nos dejamos ir y no asumimos tantas responsabilidades. "Desconectar y saber jugar" es esencial en estos momentos de vacaciones. Pero para muchas personas no es tan sencillo poner el cerebro en modo vacaciones.
De hecho, ni siquiera para las personas hedonistas –aquellas que disfrutan de placeres sin objetivos ni sensación de reto y que abandonan con más facilidad el locus de control interno– es fácil mantener ese estado de ánimo de forma continuada. Nos engañamos creyendo que el disfrute sencillo puede ser plano, que un determinado placer (pasear por el campo, leer literatura de evasión, bañarse en el mar, comer un determinado plato…) puede repetirse una y otra vez generando el mismo estado de satisfacción. La teoría de la asimetría hedonista, propuesta por Nico Frijda, profesor de Psicología de la Universidad de Amsterdam, explica por qué. Según este investigador, las emociones no son simétricas. Nuestros sentimientos no han sido seleccionados por la naturaleza porque nos han permitido estar contentos, sino más bien porque han sido los que mejor nos han permitido adaptarnos al medio. Y por eso las emociones positivas tienen menos intensidad y duran menos que las negativas. El sistema se activa sólo cuando las cosas van mal: la alegría, la felicidad y la fascinación tienden invariablemente a desteñirse volviéndose neutras o de una alegría pálida. Por paradójico que pueda parecer, durante las vacaciones, por ejemplo, acabamos por acostumbrarnos y no sentir alegría por el bienestar.
Por eso las endorfinas generadas por el placer, como cualquier droga, tienen un efecto de tolerancia: la misma dosis acaba por ofrecer menos resultado y, al final, necesitamos aumentar la cantidad de estímulo o buscar otro nuevo. Los seres humanos nos acostumbramos a la alegría y, al final, esta pierde fuerza. El placer tiene que ver siempre con el cambio y desaparece cuando la satisfacción tiende a ser continua. Sin embargo, da la impresión de que hay penas a las que uno no llega a acostumbrarse y privaciones a las que uno no se adapta. La ley de asimetría de los sentimientos nos dice que, cuando se repiten, los sucesos que antes nos encantaban se convierten en neutrales. Sin embargo, eso no sucede cuando los sucesos son negativos.
La última cuestión que demuestra que nuestra mente está peor programada para las vacaciones de lo que creemos es la dificultad que muchas personas tienen para dejar de autoanalizarse en estas épocas. Al tener menos problemas que resolver, la mente aprovecha para "analizar el sistema en busca de virus". Es una época típica de replanteamiento del modo de vida, de la situación de la pareja, de las relaciones con los hijos, de los proyectos laborales… En esta época del año dedicamos demasiado tiempo a autoevaluarnos. Hay que tener en cuenta que nuestro cerebro, como cualquier ordenador, está diseñado para solucionar asuntos externos, no para analizarse a sí mismo. Cuando lo hacemos, es muy fácil que encontremos muchos fallos en el sistema: nuestra mente detecta mejor lo que va mal que lo que va bien. Y esto puede contribuir también a la depresión veraniega.
Expectativas demasiado idealistas, búsqueda de una felicidad sin aristas, tendencia al control interno, excesiva autoevaluación… No es tan fácil ser feliz todo el tiempo en verano. Si nos hemos deprimido, conviene recordarlo y saber que no somos, ni mucho menos, las únicas personas a las que nos sucede. La buena noticia es que este estado de ánimo es tan pasajero como cualquier otro.
Los sabios del disfrute
Nuestra cultura bascula, cada vez más, hacia aquello que el filósofo Friedrich Nietzsche denominaba sociedades apolíneas. En este tipo de culturas se suele fomentar nuestro sentido de la responsabilidad y nuestro autocontrol. El otro extremo, las sociedades dionisíacas, son aquellas que hacen a sus miembros más irresponsables y espontáneos. El hecho de dirigirnos en conjunto hacia ese lado apolíneo ha hecho que tengamos pocos referentes intelectuales que fomenten valores que no estén ligados al esfuerzo continuo y la lucha por conseguir retos y objetivos. La mayoría de los libros de autoayuda y los artículos que se dedican a la psicología parten de la motivación de logro, de la necesidad de esfuerzo y mejora continua. Sin embargo, existe toda una tradición filosófica y psicológica a la que quizás podamos recurrir en estas vacaciones en busca de sabiduría estival.
Quizás el antecedente más antiguo sean los epicúreos. Las enseñanzas de Epicuro de Samos (que vivió en Grecia entre el 341 y el 270 a.C.) asumen que el objetivo de la filosofía es alcanzar la felicidad. Para ello propugnan la búsqueda de la tranquilidad del ánimo (ataraxia) y la autonomía (autarkeia) a través de un estilo de vida sencillo y autosuficiente. “La ausencia de turbación y de dolor son placeres estables; en cambio, el goce y la alegría resultan placeres en movimiento por su vivacidad. Cuando decimos entonces que el placer es un fin, no nos referimos a los placeres de los inmoderados, sino en hallarnos libres de sufrimientos del cuerpo y de turbación del alma”. Epicuro identificaba la felicidad con un placer estable o negativo, basado en la ausencia de sufrimiento y de cualquier turbación o pasión. Propugnaba el hedonismo como filosofía de vida caracterizada por el optimismo, la admiración ante la existencia del mundo y del hombre y la despreocupación ante la muerte. Según él, una vida sencilla y anónima, rodeada de amistades, alejada de la política, con el mínimo posible de dolor, temores o preocupaciones es lo que nos llevará a la felicidad.
Su sistema se basa en la realización de los deseos a partir de su previa clasificación. Los naturales y necesarios (anhelos básicos físicos como el alimento, sed, abrigo, seguridad...) deben satisfacerse de la forma más económica posible. Los naturales innecesarios (conversación placentera, gratificación sexual, estimulación intelectual, deportes, viajes...) debemos perseguirlos hasta la satisfacción de nuestro corazón, no más allá, para no interferir con nuestras necesidades básicas. Nunca deberíamos arriesgar nuestra salud, nuestras amistades o nuestra economía por perseguir un deseo innecesario, porque hacerlo sólo nos llevaría a un sufrimiento futuro. Por último, los innaturales e innecesarios, como la fama, el poder político, la riqueza, el prestigio, etcétera, deben ser completamente evitados: "Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco".
Aunque la sociedad occidental está cada vez más alejada de esta línea de pensamiento, algunos intelectuales han tratado de profundizar en estos conceptos de felicidad que no busca el reto perpetuo. El filósofo Michel Onfray, autor del Manifiesto hedonista, es uno de ellos. En este libro intenta definir la búsqueda del placer como motor vital. Sus recomendaciones son intentar buscar "la intersubjetividad serena, alegre, feliz; la paz del alma y el espíritu; la tranquilidad de ser; las buenas relaciones con el prójimo; la comodidad en la interacción entre hombres y mujeres; la artificialización de las relaciones y su sometimiento a los puntos más elevados de la cultura: el refinamiento, la cortesía, la civilidad, la buena fe, el respeto por la palabra dada; la coherencia entre las palabras y los hechos".
Seguro que entre todos estos consejos, ofrecidos por dos filósofos a los que separan más de veinte siglos, podemos encontrar ideas válidas para mejorar nuestro estado de ánimo en vacaciones. No es fácil estar contentos en verano: conseguirlo es una tarea más difícil de lo que solemos creer, pero posible si nos ponemos desde ahora mismo a trabajar en ello. Aprender a ser felices en vacaciones nos servirá para lo que queda de verano… y para el resto de nuestras vidas.

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