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dimarts, 3 de febrer de 2015

La humanidad cada día logra más poder; no más felicidad. Yuval Noah Harari. La Contra de La Vanguardia

Yuval Noah Harari, historiador de la humanidad; autor de Sapiens
Tengo 38 años y la suerte de recordar la guerra fría. Nací en Haifa: era capital naranjera y hoy es tecnológica, pero la guerra la empobrece: envidiamos la pax europea. No soy religioso, pero Dios sigue incrustado en nuestra mente. Los partidos ya no sirven ante los retos de hoy.

NOSOTROS, LOS HUMANOS
Devoro las 600 páginas de Sapiens de una sentada. Es un prodigio de síntesis, libertad de juicio y energía crítica. La entrevista con Harari tampoco defrauda. Además de explicar qué somos y por qué, sabe admitir que, a menudo, no lo sabe; pero con lo que demuestra desmonta esquemas que nos inculcaron en el cole y otros que edificamos sobre nuestros prejuicios e ignorancia. ¿Ha imaginado el sufrimiento de un niño esclavo? Harari explica hechos, pero también los sentimientos y frustraciones de nuestra especie. Quizás un día los humanos tengamos un final tan absurdo como el de los dinosaurios, pero nadie nos quitará lo disfrutado descubriendo nuestro trayecto.

Explíquenos la historia de la humanidad en una frase.
La historia de la humanidad es la de una especie que logra más poder cada día, pero no sabe emplearlo para ser feliz.

Usted es el primer historiador que se preocupa de la felicidad.
Y, sin embargo, creo que es el núcleo de nuestro trayecto en el planeta: el sufrimiento de quienes fueron esclavos o la alegría de quienes hoy ven crecer a sus hijos y hace sólo un siglo veían morir a la mitad. Es la historia de todos nosotros y no sólo de los príncipes y poderosos.

Los humanos somos torpes para apreciar qué nos hace desgraciados.
Es la paradoja de nuestra especie: cada vez necesitamos consumir más recursos y tener más estímulos para obtener la misma satisfacción. Los ricos más tontos cada vez necesitan más dinero, coches o viviendas para no sentirse más pobres.

¿Acaso hay ricachones ascéticos?
Precisamente el rico de hoy se distingue por las sumas obscenas que posee, pero también por lo poco que gasta. Consumir es de pobres. Sólo las clases medias y bajas son consumistas y gastan a crédito más de lo que tienen: derrochan en comer, por ejemplo, y también en dietética para adelgazar.

Vivimos mejor que nuestros abuelos.
No siempre. La humanidad ha vivido muchas revoluciones fallidas. La cognitiva -el paso del instinto a la razón- mejoró nuestras vidas, pero la agrícola nos hizo más feos, pobres, enfermizos e insolidarios que los anteriores cazadores-recolectores.

¿Cómo lo sabe?
Los cazadores-recolectores han dejado mejores esqueletos: con mayor envergadura y edad y menos señales de violencia y enfermedad que los primeros agricultores, como ha puesto en evidencia Jared Diamond.

En La contra explicó ese retroceso.
La historia no es una línea recta en ascenso hacia el progreso ni tampoco un círculo que se repite; es como la evolución: un camino en el que se suceden las encrucijadas y donde tomamos una u otra a veces por causalidad y otras por casualidad. Fue mera casualidad que un meteorito destruyera los dinosaurios, pero sin ella hoy no existiríamos.

¿Por qué no volvimos a cazar?
Porque al evolucionar abrimos puertas que se cierran tras nosotros sin volver a abrirse.

Piense en otra revolución tecnológica: la del correo electrónico, el móvil, internet ¿es usted capaz de dejarlos?
Yo sí, pero perdería empleo y sueldo. ¿Ve? La puerta ya se ha cerrado tras usted. La tecnología le ha hecho más productivo para enriquecer a algunos, pero menos feliz: le dijeron que el móvil le daría comodidad y tiempo libre, pero en realidad ahora le está haciendo trabajar hasta en el cine.

Depende de cómo lo usemos o nos use.
Es el gran desafío hoy. Necesitamos darnos instrumentos de gobierno mundial para frenar la degradación del planeta y las desigualdades sociales. Google y las multinacionales nos arrastran a la singularidad en la fusión de humanos y máquinas que hará a Google más poderoso y a todos más desgraciados.

Avanzamos hacia la Unión Europea.
Están ustedes construyendo un nuevo imperio europeo, enhorabuena, porque los israelíes, sumergidos en el marasmo de Oriente Medio, hoy envidiamos su pax europea.

Imperio tiene malas connotaciones.
Pese al innegable sufrimiento que algunos imperialismos causaron por sus genocidios y esclavitudes, si los miramos en conjunto y perspectiva, los imperios no sólo han sido las formas de gobierno más habituales en la historia de la humanidad, sino también las mejores proporcionándonos seguridad y, por tanto, relativo bienestar a la mayoría.

Las historias nacionales los denigran.
Durante mil años, mis antepasados judíos prosperaron en el imperio austro-húngaro, que fue destruido por las presiones nacionalistas; el nacionalismo alemán les obligó a huir. Hoy la UE, tras dos guerras mundiales y un genocidio causado por los estados nación, es la reconstrucción del viejo imperio austro-húngaro. Sería mejor no volver a repetir ese ciclo terrible.

Los catalanes fueron austracistas.
Por eso los catalanes deberían ver ahora que ganarían más bienestar acelerando la disolución total del menguante Estado español en el nuevo imperio europeo que construyéndose su propio y pequeño Estado.

El sentimiento también hace historia.
Afortunadamente, hoy, dentro de la UE, ya nadie mata ni muere por ningún Estado.

Pues parece que todos quieren uno.
El poder ya no está en Madrid o Barcelona, sino que hay que conquistarlo influyendo en la gobernanza europea y mundial. Si no, las grandes multinacionales volverán a decidir nuestras vidas como ya han decidido interne: ¿qué ha cambiado más su vida real, internet o las últimas elecciones?

¿Qué cambiará nuestras vidas?

Las conexiones directas cerebro-ordenador me preocupan: o controlamos esos procesos o acabaremos siendo tecnocesclavos; las nuevas religiones nacen hoy en Silicon Valley: debemos vigilarlas.


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