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divendres, 13 de març de 2015

“¿En qué está pensando cuando no piensa?”. Daniel Goleman. La Contra de La Vanguardia.

“Tengo 60 años: cada año que cumplo me permite aceptarme más a mí mismo. Soy doctor en Psicología por Harvard; fui periodista de The New York Times y autor de La inteligencia emocional. Creo en un capitalismo eficaz pero compasivo. Hemos sufrido la oscura tríada del narcisista Bush, el maquiavélico Rumsfeld y el sociópata Cheney”.

Leer los ojos
Le pido a Goleman que me ayude a mejorar mi inteligencia emocional y social. “Aprenda —me anima— a leer ojos”. Me sugiere que coja fotos de rostros humanos y tape toda la cara menos los ojos y trate de averiguar sólo por las miradas cuál era el estado emocional de la persona. Existen cursos de esa utilísima —los ojos no saben mentir— lectura ocular que preconizó el test Baron-Cohen. Leo los ojos de Goleman en el taxi camino del Fòrum HSM, donde presenta ´Inteligencia social´ (Kairós) y detecto impaciencia. Tal vez por librarse de mí. Le pregunto sin maldad cuánto cobra por su charla. La impaciencia de sus ojos está a punto de tornarse irritación, pero se domina y me dice más tranquilo: “El dinero no me importa tanto como hacer algo que valga la pena”.

—¿Por qué caes bien o mal?
—Hágase el test del yo-tú.

—Ni idea.
Fíjese en cuánto tiempo tarda en utilizar el tú en una conversación. Quien usa el tú antes gana, y el primero que dice nosotros…, ¡ése es un líder!

—¿Y si están intentando venderme algo?
—Si percibe que le instrumentalizan, sentirá rechazo. Al mal político se le nota porque no nos trata como a un tú sino como a un ello. En lugar de ser personas que merecemos su atención por serlo, para él somos meros electores de quienes sólo importa el voto.

—Y logran mucha abstención.
—Nos frustran, porque el cerebro humano es muy sensible cuando espera un trato de tú, el de comunión, y en cambio recibe el de ello, de instrumentalización. Es el paso de te quiero por lo que eres al te requiero por lo que puedo sacar de ti.

—Ponga otro ejemplo.
—Recibe una llamada de un amigo que se interesa mucho por su vida y su salud… ¡Y acaba vendiéndole un seguro de vida!

—Es un amigo socialmente patoso.
—Y lo social es nuestra primera obligación cerebral, porque de nuestras relaciones depende nuestra supervivencia: los seres humanos que han sobrevivido no han sido los más fuertes sino los más cooperativos, y eso se nota en nuestro cerebro: ¿en qué piensa usted cuando no está pensando en nada?

—No sé si es publicable…
—En lo más importante para su supervivencia: ¡sus relaciones personales! Nuestro cerebro en reposo revisa una y otra vez escenas de nuestra red de conexiones sociales, igual que si estuviéramos viendo una película.

—¿Y si has metido la pata?
—Esa revisión mental nos ayuda a corregir errores y nos da mecanismos mentales para defendernos de la vergüenza. “El sufrimiento —dijo Marco Aurelio— no lo produce lo que creemos que es su causa, sino el modo en que juzgamos esa causa”.

—¿Si metes la pata no es mejor olvidarlo?
El modo de olvidarlo es elaborarlo: cada vez que evocamos un recuerdo, lo modificamos bioquímicamente en nuestro cerebro, de forma que lo reeditamos.

—¿Reeditamos la historia cada vez?
—Es como si volviéramos a montar la película de ese error una y otra vez. Cuando la mente vuelve a visionarlo, ya no retomamos la primera sino nuestra última versión de esa película, y cada nueva versión es menos dolorosa que la anterior. Así nos sobreponemos.

—La memoria nos miente piadosamente.
—Es adaptación mental. El hombre no razona el mundo, lo racionaliza.

—¿Cómo detecto que me mienten?
—La sinceridad es la respuesta por defecto de nuestro cerebro. Si no hacemos el esfuerzo de mentir, lo natural es decir la verdad. Y es precisamente ese esfuerzo por lograr mentir el que delata al embustero…

—… ¿Y al político en campaña?
—¿Hablamos de líderes o de políticos?

—Deberían ser lo mismo.
El líder tiene carisma, que es la capacidad de despertar en los demás las emociones que uno mismo experimenta, y el político, además, debe saber encubrir las propias emociones, y ésa es una habilidad clave para la presentación de uno mismo.

—¿Y el político líder?
—Además de carisma tiene exactitud empática: detecta, sintoniza y modula las emociones ajenas hasta convertirlas en propias. Esa exactitud hace posible la convivencia en pareja con el efecto Miguel Ángel.

—Suena muy romántico.
La empatía en pareja hace que cada uno vaya modelando al otro en los mismos gustos, ambiciones y personalidad. Una pareja enamorada hace los mismos gestos y eso a la larga determina que, al provocarse las mismas arrugas de gesto, lleguen a compartir también cierta similitud incluso física.

—Supongo que se logra con los años.
—A los 60 años, la relación en la pareja, el rapport empático, es mucho mejor que a los 40. Verá mejores parejas en los mayores.

—¿El mérito es de él o de ella?
La mujer tiene más inteligencia social y concede más importancia a los vínculos más próximos, mientras que el hombre disfruta con la sensación de crecimiento, liderazgo e independencia y poder.

—Al rico y poderoso no le faltan amigos.
—Por eso existe un lado oscuro del liderazgo: los narcisistas y los maquiavélicos.

—¿Qué líder no es narcisista?
—El narcisista es el niño mimado que fue centro del universo y considera sus necesidades más importantes que las de los demás. Esa confianza en sí mismo, cierto, le da una ventaja de salida en las carreras políticas y de poder.

—¿Cómo detectar al narciso?
No quiere ser amado sino admirado y no soporta la crítica, porque en el fondo tiene una autoestima muy baja. Se rodea de aduladores —su parásito favorito— y desdeña cualquier información que no se ajuste a su visión previa del universo, en la que ocupa el centro. El narciso no sabe escuchar, sólo predicar y adoctrinar.

—¿El maquiavélico es más listo?
—Es social y emocionalmente tonto de un modo muy inteligente. “Mi fin —se repite— justifica los medios”. Como el narciso, el maquiavélico sólo sabe utilizar a los demás y, aunque simule empatía para lograr lo que pretende, en realidad se “desconecta” de los sentimientos ajenos si no sirven a su fin.

— ¡Qué vida más aburrida!
—Las emociones le desconciertan y compensa esa aridez emocional con sexo, dinero o poder y por eso siempre necesita más y más, lo que le obliga a ser más maquiavélico aún.



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