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dissabte, 21 de març de 2015

"La falta de intimidad es la causante de tanta violencia". Fady Bujana. la Contra de La vanguardia.

Fady Bujana, arquitecto, empresario y coach
53 años. De Beirut, Líbano, vivo en Barcelona (poseo 3 nacionalidades). Tengo pareja y un hijo (13). Licenciado en arquitectura y en coaching. Me preocupa la soledad del mundo moderno que nos hace muy vulnerables. Venimos al mundo a vivir la experiencia de la intimidad
Tiene tanta pasión y tanto que contar que se le agolpan las ideas. La suya, como la de todo buscador, ha sido una vida larga y densa. Maduró en la guerra de Líbano, estudió arquitectura en la zona árabe siendo cristiano, fue ejecutivo, empresario y finalmente coach; y no creo que se detenga. Arguye que el núcleo del problema de la violencia y de casi todo, incluidos los fracasos empresariales, se halla en la mala relación de pareja, en la falta de intimidad. Sin amor hay resentimiento hacia el mundo. Aprender a gestionar las relaciones es aprender a entregarse, y no hay relación sin conflicto. Fruto de esas cavilaciones que le han ocupado media vida es El amor excelente (Edaf) de Beirut.

Cuando comenzó la guerra de Líbano yo tenía 13 años y sentí que se me robaba algo.

¿Prefería luchar a estar en el refugio?
Si, aquella fue mi aventura: disparar desde el búnker insultando y recibiendo insultos de los de enfrente.

Pura adrenalina.
Un compañero, sentado junto a mí, se voló la tapa de los sesos por error, y he visto como torturaban a un capturado; y presencié la explosión de la embajada de EE.UU.

Eso debió marcarle.
Todavía tengo las narices llenas de los olores de esas muertes, la carne chamuscada de las personas que formaban la larga fila delante de la embajada. Pedazos de carne que salieron volando y se engancharon en las fachadas para acabar de consumirse allí dejando una indeleble mancha de grasa…

Se hizo preguntas, seguro.
Todo esto ocurría cuando mi testosterona se estaba despertando y pensé que si pudiéramos darle salida a esa pasión no estaríamos allí con un Kalashnikov en las manos.

Eso implica madurez.
Quise encontrarle sentido a la vida y comencé un largo recorrido que me ha llevado a la convicción de que la relación fundamental, la más enferma y que enferma al resto de la sociedad, es la relación de pareja.

En una guerra todo es pasión.
Conocí a personas que habían matado, puesto bombas en mercados, y comprobé horrorizado que uno a uno eran gente maja.

Pasión y odio, ¿dos extremos de la misma cuerda?
Sí, por eso tantos filósofos defienden que hay que templar las pasiones, ser civilizados. Yo creo que hay que vivir con pasión sabiendo porqué se gira contra los demás.

¿Y?
Sin intimidad no hay paz. Todo comienza en las relaciones de pareja, en ser capaz de vivir la intimidad con otra persona que no es como tú quieres. Creo que en ese aprendizaje está el sentido de esta vida.

Son muchas carencias las que eligen…
Bien, ahora entra y conoce lo que has elegido. Nos negamos a ver lo que hay dentro de la persona, y yo creo que hay belleza en todos, se trata de atravesar esta barrera.

¿Qué fue de usted?
Yo quería vivir con pasión, vivir de verdad pero no sabía cómo. Era un joven arquitecto de Beirut. Estaba diseñando la casa en la que quería jubilarse con su esposa el embajador de España, Pedro Manuel de Arístegui, que falleció durante un bombardeo.

¿Otra puñalada trapera?
Fue así como decidí emigrar a la tierra de Arístegui. Luego, a raíz de una serie de sincronías, protagonistas en mi vida, acabé solicitando una plaza en el MBA del IESE.

¿Por qué abandonó la arquitectura?
Cierta desilusión, así que seguí buscando. Me convertí en ejecutivo y medí la pasión en pesetas durante diez años. Pero la corbata me ahogaba cada mañana al mismo tiempo que me llenaba los bolsillos. Comprobé que también en el mundo de los negocios lo que afecta a las personas es la relación; y volví a comprobarlo siendo empresario.

¿De nuevo la búsqueda de pasión?
En la escuela de arquitectura se trabajaba mucho de noche: salían las guitarras y los espaguetis improvisados, y decíamos que cuando nos graduáramos montaríamos un Pub con ese ambiente. Yo monté restaurantes de cocina exótica pensando que vería ocurrir cosas en cada mesa por el hecho de compartir algo tan sensual como la comida.

Seguía siendo ingenuo.
Me faltaba entender algo esencial, pero nueve años más tarde mi trayecto empezó a cobrar sentido. Llevaba años estudiando coaching por una cuestión de crecimiento personal y decidí probar a ver si mi teoría de sanar las relaciones de pareja para sanar las relaciones sociales era válida.

¿Por dónde empezó?
Por lo conocido: los ejecutivos, tardaba como tres semanas en aflojarles el nudo de la corbata y llegar a la persona. Descubrí que cada problema empresarial es en realidad un problema personal con traje y corbata.

Todos los problemas son personales.
Exacto, pero cuando empecé a tratar los problemas personales vi que detrás de ellos había un problema de relaciones íntimas. No es que la persona esté mal, es la relación con su cuerpo, su madre, el dinero, con ellos mismo o su pareja lo que está enfermo. Cada relación es un conflicto en gestión.

Póngame un ejemplo.
Un empresario cuyo éxito declina, el hombre vive por inercia, sin pasión. Nos reunimos con su mujer y compruebo que llevan años sin intimar, sin contarse sus problemas auténticos, compartiendo la tele y dirigiéndose la palabra para hablar de los hijos.

Eso es bastante común.

La frustración de esa necesidad de intimidad auténtica nos crea un resentimiento cuya reverberación acaba provocando violencia y guerras. Si aceptas que la base de cualquier relación es el conflicto y decides gestionarlo surge el respeto al otro, y eso significa querer conocerlo y darte a conocer sin restricciones.


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