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dijous, 5 de març de 2015

10 razones por las que el teatro puede ayudarte a tener una vida mejor. Psicoterapia cotidiana.

Las artes escénicas nos proporcionan recursos para conocernos mejor y crecer como personas; gracias al teatro aprendemos a vivir de manera más consciente. En este artículo os damos 10 buenas razones para subiros al escenario y disfrutar de todo lo que tiene que ofrecer.
1.- Es un aprendizaje duradero.
En lugar de hablar acerca de nuestras emociones, representarlas en el espacio, haciendo uso del cuerpo, la voz, los gestos, la persona entera, es la vía para comprender lo que está ocurriendo en nuestras vidas y poderlo, finalmente, integrar en el repertorio de las experiencias. No se trata de un entendimiento parcial y sesgado, como si fuera una lección aprendida de memoria, sino que podemos hacer nuestro el aprendizaje vivenciado con la totalidad de nosotros mismos. Cuando revivimos una emoción en nuestra piel, su mensaje se hace comprensible, por fin nos pertenece y así podemos aceptarlo, porque no es una verdad impuesta desde fuera, sino un hallazgo que surge de uno mismo.

2. Ensayamos nuevos papeles.
Bajo las circunstancias ficticias del personaje, llevamos a la escena nuestras inquietudes, emociones, maneras de relacionarnos y tenemos la oportunidad de no quedamos anclados en el rol fijo que ya conocemos, sino que, gracias al juego del “como si”, podemos experimentar nuevos papeles, lugares que no conocíamos y que nos aportan herramientas útiles para vivir la realidad cotidiana. El escenario es el banco de prueba en el que darnos cuenta de la manera en la que nos presentamos a los demás, de cómo interactuamos y bajo qué personaje nos estamos moviendo, no para juzgarlo, sino para descubrir otros yo posibles, de los que no tenemos conciencia o que no nos atrevemos a sacar a la luz. El fin es aprender a ser personas más completas y con más recursos para abrirnos al mundo. Hay muchas verdades por descubrir, ¿por qué quedarse con una sola?

3. Nos entrenamos a escuchar.
Para actuar en el escenario, es indispensable tomar contacto con nosotros mismos, a la vez que con los otros que nos rodean. Qué le ocurre al otro, cómo me impacta y, a su vez, cómo mi comportamiento afecta al entorno. Para que el teatro cobre vida, hay que tener en cuenta todo esto y, a la vez, percatarnos de que escuchar y escucharse no es simplemente una cuestión de oídos, sino que requiere una atención profunda a las verdaderas necesidades de uno mismo y del otro. ¿Qué hacemos con nuestras emociones y deseos? La escucha interna y externa es la clave para crear relaciones plenas y satisfactorias, y es una sensibilidad que se puede entrenar.

4.- Pasamos a la acción.
¿Cuántas veces nos detenemos y congelamos la acción en un rumiar constante de pensamientos que no nos permiten avanzar? Actuar es, primero de todo, acción y esta acción es sabia, porque está directamente conectada con lo que queremos y somos, antes de pasar por el filtro de lo que deberíamos ser o nos gustaría que fuera. Atrevernos a ser, rebaja las exigencias de tener que hacerlo de una manera determinada y nos conecta con la realidad, con la vida tal y como es, sin expectativas que fácilmente se pueden ver frustradas, ni miedos que nos limitan y paralizan. Permanecer inactivos es pretender controlarlo todo, con el gran inconveniente de que como seres humanos no tenemos este poder. En el escenario experimentamos sin conocer el resultado, nos arriesgamos a dejarnos sorprender.

5.- Nos responsabilizamos.
Es decir, nos hacemos independientes, aprendemos a decidir y ser conscientes de cómo nos movemos por el escenario (y por la vida, ¡claro!). A partir de este descubrimiento, ya podemos elegir y tomar nuestro propio camino. Volverse deliberados es libertad y crecimiento, porque se acaba el cuento de echarles las culpas a los demás, a la vez que nos empoderamos de nuestras existencias.

6.- Reaprendemos a jugar.
Porque hacer teatro es también diversión y ésta, a su vez, es creatividad y adaptación a las circunstancias. A través del juego, aparecemos en nuestra autenticidad y volvemos a descubrir que equivocarnos no es ningún drama, sino la oportunidad de madurar, dejar la rigidez y amoldarnos a la vida con mayor flexibilidad. No es más adulto quien no se divierte, sino quien conoce el potencial de aprendizaje que hay en cada error, que se entrega con curiosidad y alegría, puede reírse y cambiar de idea, las veces que haga falta.

7. Desarrollamos la imaginación.
Entrar en el mundo del teatro es pasar la línea que separa la realidad de la fantasía, y darnos el permiso de imaginar es revitalizante, esperanzador y nos enseña a confiar en la vida, en nosotros mismos y en los demás. Es regalarse una pausa de los porqués y de las racionalizaciones, sin perder el sentido de lo real, porque lo que ocurre en escena sí es ficticio, pero está íntimamente ligado a lo que somos, y lo que ahí se vive deja huellas profundas en nuestro interior. Actuar es concederse la experiencia de abandonar por un momento los esquemas y probar, experimentar, entregarse a algo diferente. No es escapismo, sino precisamente lo contrario, vivir la experiencia hasta el fondo, saboreando todos sus matices.

8.- Estamos en el presente.
La acción teatral se desarrolla en el presente y nos llama al aquí y ahora; no puede ser de otra manera. Actuar es estar en un espacio determinado, el aquí del escenario, en un tiempo concreto, el ahora de la interacción, con la atención puesta en cada momento, porque la acción se despliega instante por instante y nosotros somos parte de ella, ni del pasado, ni del futuro. Estar en el presente nos permite disfrutar de lo que hacemos y ser conscientes de ello.

9.- Nos conocemos mejor.
En el escenario aparecemos tal y como somos y no hay posibilidad de ocultar la verdad, porque aprendemos a reconocer nuestros propios trucos: lo que escondemos, pero también lo que nos cuesta pedir o expresar. Nos damos cuenta de cómo manipulamos el entorno y cómo creemos protegernos. De la misma manera, se nos hace evidente cuando no nos respetamos y esta mirada limpia hacia nosotros es lo que nos permite luego vivir acorde con nuestro corazón. El teatro nos deja al desnudo y desde esta desnudez nos reafirmamos, porque entendemos que ser nosotros mismos ya es suficiente, la vida no nos pide más.

10.- Volvemos a ser espontáneos.

Espontaneidad no es hacer cualquier cosa, sino saber lo que queremos y movernos en esa dirección. Paradójicamente la ficción es la que nos permite dejar de fingir y sustituir el “no puedo” con un rotundo “no quiero”, el “debería” con un honesto y consecuente “quiero”.


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