Palabras, imágenes, canciones, emociones que nos acompañan en nuestro camino.

dimecres, 25 de març de 2015

“Hay mucha emoción reprimida, y tiene que salir”. Elisabet Pedrosa. La Contra de La Vanguardia.

Elisabet Pedrosa, periodista y escritora, reflexiona sobre la muerte de su hija.
Tengo 45 años, barcelonesa. Coordino un programa de radio. Casada, tengo tres hijos: una muerta y dos vivos. Podemos cambiar la sociedad a través de la actitud personal, pasar de la actitud de víctima a la de responsable. Tras la muerte de Gina creo en la transcendencia.
El día que murió Gina lo entendí, lo vi: su cuerpo agotado no podía seguir, pero su energía vital continuó su camino, pude sentirlo, la tuve entre mis brazos muchas horas.

¿Usted temía la muerte?
Me daba un miedo atroz.

¿Se ha hecho fuerte o lo fue siempre?
Las circunstancias te llevan a trabajarte. Aceptar la discapacidad primero te destruye, después te reinventas. Antes de que naciera Gina yo era bastante cretina, mi hija me hizo mucho mejor persona.

¿Qué le ocurría a Gina?
Gina era preciosa, pero al año de edad le diagnosticaron síndrome de Rett, una enfermedad neurológica muy invalidante. No llegó a caminar ni a hablar, tenía crisis epilépticas, apneas, escoliosis. Fue un proceso de pérdida continuada hasta que se fue con 11 años por problemas respiratorios.
… Al principio el diagnóstico te destroza, pero cuando dejé de estar rabiosa y enfadada fui descubriendo que Gina estaba llena de capacidades y me reenamoré de ella. Estar a su lado se convirtió en todo un aprendizaje.

Lo que dice no me es  fácil de entender.
Había en ella una bondad superior, no se comparaba, disfrutaba del momento. Su mundo era emocional y conseguía centrar la atención de los demás con su sonrisa y su mirada. Pero la enfermedad era muy angustiosa y se conocía muy poco. De hecho, escribí un libro, Criaturas de otro planeta, con el que se recogieron muchos fondos en España para comenzar a investigar.

¿Los ingresos en el hospital eran constantes?
Sí, el último duró tres meses. Recuerdo un dibujo de Pol, año y medio más joven que Gina. Dibujó un barco lleno de osos, todos se llamaban Gina, incluso nosotros, que estábamos debajo del barco ahogándonos.

Revelador.
Les llevé el dibujo a los médicos para explicarles que necesitábamos volver a casa, a ser una familia. Así conseguí que entráramos en cuidados paliativos, un recurso muy caro (es como llevarse el hospital a casa).

Lo que ha vivido usted te puede dejar muy resentida.
Tenemos la sensación de que cuando se te muere un hijo te lo quitan todo, pero en cierta manera lo sigues teniendo, estás empapada en él, de todo lo que viviste y compartiste. Pero si no eres consciente de ello, estás enfadadísima con la vida y con la muerte, y eso te hace mucho daño. No se puede ver la muerte como un fracaso.

Es difícil controlar lo que uno siente…
Cada mañana el primer pensamiento era “Gina está muerta”, una noticia que te destroza. Su muerte vació mi vida. Y esa muerte te pone una marca: “Se le ha muerto un hijo”, la gente evita el tema cuando en realidad lo que necesitas es habar de ello.

Entiendo.
La vida debe volver a tener sentido y has de ser capaz de incorporar el muerto a tu vida. No puedes vivir la muerte como un atraco a mano armada, si lo vives así estarás siempre incompleto. Gina es parte de mí, de mi familia, de nuestro presente y futuro. La vida debe volver a tener sentido y has de ser capaz de incorporar.

¿Cuestión de tiempo?
Sí, pero también de sentirla, de hablarle, y da igual si te oye o no. Esa persona vive en ti, y es mejor vivir con ella que con su ausencia. Hoy sé que en toda situación complicada hay una faceta positiva. Hay que buscar recursos y hay muchísimos, busca tu camino para curarte, para sacar esas emociones.

¿Hay que sacarlas, respirarlas?
Sí. Mucha gente parece un volcán a punto de estallar, hay mucha emoción estancada, mucho dolor..., y ha de salir. Hay que permitir que la vida emerja con fuerza.

Decidió tener más hijos.
El embarazo de Pol fue terrible: durante esos nueve meses pusimos nombre a la enfermedad de Gina y supimos que si él la tenía no sobreviviría.

Usted no había tenido ningún contacto con la discapacidad.
Ni te fijas ni te quieres fijar en ella hasta que la vida te la pone delante. Pero, para mí, tanto la vida como la muerte de Gina acabó siendo una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, por duro que fuera.

No la entiendo.
Todo lo que he hecho en los últimos años ha sido gracias a su inspiración, a su actitud hacia el mundo. Y después has de volver a coger el gusto a la vida, entender que la muerte no es incompatible con la vida.

¿Qué ocurrió con el padre de Gina?
Se marchó. La situación acabó con nuestra relación. Un hijo así es una frustración muy grande que has de trabajar, porque si lo ves como una desgracia, como una carga, difícilmente sigues adelante.

¿Cómo conoció a su actual marido?

Kewal, que es indio y sij, trabajaba en la frutería de enfrente de casa. Cuando estás sola y en mis circunstancias piensas que ya nadie se fijará en ti. Kewal se ofreció para ayudarme con Gina los domingos, algo que en su cultura es habitual, y yo a cambio le daba clases de castellano. Kewal fue un regalo que Gina conquistó con su sonrisa.


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