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dimecres, 2 d’octubre de 2013

MUCHO TWITTER, MUCHO FACEBOOK Y NADA QUE DECIR, Michael Wadleigh. La Contra de La Vanguardia.



EL SABOR DE LA VIDA
“Disfruta la vida: ¡Hay mucho tiempo para estar muerto!”, aconsejó Andersen, y seguir esta doctrina desemboca en esta percepción de Alain: «Así como la fresa sabe a fresa, la vida sabe a felicidad».
¡El sencillo gozo de sentirse vivo: Tal cosa sería la felicidad! «Mi esqueleto baila dentro de mi cuerpo cada mañana», me explica mi amigo Alejandro Jodorovsky, una imagen que me ayuda a explicarme la felicidad. Puedo ser más modesto y ajustarme a la doctrina formulada por un popular gimnosofista etílico: «No estamos tan mal» (Laporta), aunque prefiero, por elevación, a Ramon Llull, primer filósofo en lengua catalana: «Ya que existimos, ¡Alegrémonos!».
¿Cómo cristalizar esta alegría vital? Nos guía Epicteto: «No importa lo que te pasa, sino cómo te tomas lo que te pasa», o un autoexigente Shakespeare: «Todo lo que sucede, conviene». Vivir acorde con esta máxima te convierte en sabio o santo —quizá sea lo mismo—, y tu felicidad será inexpugnable. Pero no olvido la admonición de Huxley en Un mundo feliz: Si convertimos la felicidad en obligación, deja de ser un bien. Que nadie, pues, lea estas entrevistas como sermones en favor de la felicidad como mandamiento, sino como provocación, al modo de Pavese: «El mundo es hermoso porque hay de todo».
Yo tengo siempre presente lo que me dijo Albert Casals, un chico adolescente sentado en silla de ruedas a causa de un tratamiento por leucemia, sonriendo de oreja a oreja y con el pelo teñido de azul: «¡Qué sencillo es el mundo!». Sentencia subversiva, desmiente que el mundo sea un lugar adverso. Así que lo dicho: Gózalo, pues este ratito en el mundo merece la pena incluso con todas las contrariedades e hijos de puta que contiene.

¿Cómo empezó a hacer cine?
—Ahhhh... ¡Qué pregunta más aburrida y previsible! ¡Motíveme, hombre! Provóqueme o aquí nos vamos a dormir todos.

...¿Cuántos años tiene, Michael?
—...¡Vaya! Eres un tío duro.

¿Cuántos años dice que tiene...?
—Esto... Cerca de 70. Nací en el 42, en Ohio.

¿Maduramos o sólo envejecemos?
—Buena pregunta. Yo amo todos mis años.

¿Por qué?
—Porque gracias a mi edad pude ser joven en los sesenta, la década de mayor creatividad, transformación y progreso del siglo.

...
—Conocí y traté a Luther King y experimenté la revolución de las conciencias de Gandhi. Viví un momento en el que los mayores talentos del siglo competían y cooperaban para lograr componer la mejor música. Y no lo hacían sólo por vender más discos ni ganar más dinero ni ser los más de nada, sino por el puro placer de crear y compartirlo.

¿Tan triste le parece lo que vivimos?
—Hoy, como mucho, cambian a veces los políticos, pero ni siquiera las políticas, y menos aún se plantea nadie cambiar conciencias.

¿Los sesenta no fueron un poco iluminados?
—Al contrario, fueron mucho más realistas. En los sesenta nos dimos cuenta de que ganar más y más dinero y consumir más y más hasta agotar todos los recursos disponibles era entonces —y es hoy— muy poco realista.

¿Qué ha cambiado?
—Que si hoy dices lo obvio eres un peligroso idealista fuera de toda lógica.

¿Cuál es la lógica de nuestros días?
—Sólo importa lo cuantificable: Las cifras, porque son inmediatamente transformables en resultados: En una cantidad de dinero y con él se mide el éxito o fracaso. Todo lo que no se puede medir en dinero está fuera de esa competición que todo el mundo cree correr.

¿Y en los sesenta no importaba la pasta?
—¡La guitarra de Jimi Hendrix!

El mejor: No se lo discuto.
—Pero no por su guitarra. Se han invertido fortunas en mejorar las guitarras eléctricas desde entonces, pero nadie ha vuelto a tocar como él. El progreso no está en la guitarra sino en el modo de tocarla y en las conciencias de quienes la escuchan.

Eso es más difícil de cuantificar que las ventas de un disco.
La ignorancia del público se cultiva haciéndoles creer que mejorar la música es tener guitarras más potentes, que avanzar es tener un coche más rápido y comunicarse, pasarse la vida ante una pantalla: Mucho Twitter; mucho Facebook... Y nada que decir.

Yo veo jóvenes inteligentes y capaces.
Son magníficos, buena gente, pero no cuestionan nada: Creen que lo que hay es lo único y se conforman con ser uno más dentro de ese triste posible. Su reto sólo es ganar más. En los sesenta, la clase media se autoanalizó y lo que vio no le gustó y puso el mundo entero patas arriba, pero desde dentro, desde las conciencias. Por eso adoro tener 70 años, porque me permitieron vivir aquello.

¿Puedo preguntarle ahora cómo llegó a filmar el documental Woodstock?
—Mis padres eran maestros de escuela: Lucharon por los derechos civiles en el sur. Yo estudié Medicina en Columbia para ser útil, pero también tenía una Harley...

Gran motocicleta.
—... E iba al Apollo en Harlem a escuchar música negra. Así conocí a quienes hicieron posible mi documental. Woodstock fue el lugar donde en 1911 se fundó el Partido Comunista de Estados Unidos, un sitio vinculado a la lucha por la igualdad: El lugar donde los estudiantes y los obreros confraternizaron, se dieron la mano y cambiaron la historia.

Hoy aquí coinciden en la cola del paro.
—En mi documental, entre Joan Baez, Bob Dylan, Pete Seeger o el gran Hendrix, también aparece de repente el que limpia los váteres del concierto de Woodstock...

Ningún trabajo es menos que otro.
—Era el hombre que sacaba la mierda de los niños que ven el concierto. Pues bien, ese señor sonríe a la cámara con naturalidad y explica lo contento que está de sentirse útil.

Me gustaría haberle conocido.
—Era sincero. Y nos cuenta que tiene un hijo pacifista allí, escuchando el concierto, y otro hijo soldado combatiendo en Vietnam, en un escuadrón de helicópteros. ¡Y la gente al oírlo se levanta y aplaude! Porque ese tipo hace un trabajo que ellos no harían jamás...

Nunca digas este váter no limpiaré...
Y, en cambio, es feliz al hacerlo, es útil; mucho más que los millonarios, los políticos y los militares preocupados tan sólo por seguir siendo poderosos; esos que han enviado a su hijo a Vietnam y ahora llaman delincuente y aporrean a su otro hijo pacifista.

¿Es la mejor escena de Woodstock?
—Aparece también un joven hermoso con una larga barba rubia contando que es hijo de inmigrantes europeos que llegaron a América para tener un coche y una casa y a él enviarlo a la universidad. ¡Triunfaron!

...
—Y él se pregunta ahora si triunfar es esto: Acumular, guerrear, dominar... Y dice que va a repensarse lo que es triunfar. Y concluye que para él triunfar es ser humano.

¿Qué hizo usted tras Woodstock?

—Me fui a Hollywood aupado por el Oscar, pero allí convirtieron mi trabajo en una farsa comercial. Lo abandoné para dedicarme a ayudar a los demás en África y Asia con mi chica, Brigitte. Soy útil, un ganador, porque no deseo más de lo que tengo.

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