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dijous, 28 de novembre de 2013

Las edades del sexo. Piergiorgio M. Sandri. La Vanguardia.

El sexo no tiene edad pero sí depende de ella. Es un aspecto esencial de nuestra vida y evoluciona con el paso de los años. El mayor error es querer reproducir al infinito patrones que responden a épocas determinadas. Una buena sexualidad es la que sabe adaptarse a todas las etapas de la existencia
El sexo nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Es nuestro compañero de viaje. Si volviéramos a hacer el amor con una persona décadas después de la última vez, comprobaríamos que muchas cosas habrían cambiado: no sólo el cuerpo, sino la conducta, la respuesta biológica y la gestión de las emociones. En la vida (y en la cama) se empieza corriendo rápidas tandas de 100 metros, luego se acaban disputando largas distancias a ritmos más pausados y se termina dando un suave paseo.
Según Miguel Ángel Cueto, psicólogo clínico y secretario de la FESS (Federación Española de Sociedades de Sexología), “con un estado de salud razonable, el disfrute y la ejecución sexual puede mantenerse hasta la muerte, aunque disminuyen ligeramente con la edad. En estudios recientes la mayor parte de los entrevistados opina que la sexualidad continúa toda la vida y consideran que es beneficiosa para su salud. De hecho, el desarrollo sexual forma parte del proceso vital de la persona y de su modo de actuar”.
Lo que ocurre es que los deseos sexuales cambian y se modifican con los años. “A lo largo del desarrollo evolutivo la sexualidad viene determinada por tres variables: la biológica (es decir cómo cambia nuestro cuerpo), la consideración social (cómo los condicionantes culturales creen que se debe vivir la sexualidad) y la psicología (la visión que yo tengo, la elaboración cognitiva sobre el sexo)”, explica María Pérez, vicepresidenta de la Asociación Mundial para la Salud Sexual y directora del Institut Espill. Vamos a hacer un recorrido para sacar el máximo partido de cada una de las etapas. Porque cada instante merece ser vivido, de acorde con las necesidades de cada momento.

Edad de la infancia
Con error se suele considerar este período como asexuado. Al contrario, la sexualidad tiene una gran importancia en esta fase y las etapas posteriores de la vida se nutrirán de ella. Andrés López de la Llave, director del máster en Sexología de la UNED, recuerda que, de entrada, “la sexualidad no es la actividad sexual genital, sino una comunión finalizada al placer. Es algo más que la relación sexual propiamente dicha. En los más pequeños, la sexualidad tiene que ver con la socialización y la comunicación”. Así, incluso los bebés, a su manera, experimentan placer en chupar la leche, en un cambio de pañal o en sus deposiciones fisiológicas. Los pequeños desde edades tempranas quieren investigar las diferencias físicas entre los sexos. Les gusta mirar (voyeurismo) y mostrarse (exhibicionismo). Comienzan los primeros inocentes juegos sexuales (el médico y la enfermera). Es común en este período que los niños lleven a cabo actividades autoexploratorias y autoestimulatorias pero, más que de autoerotismo, se trata más bien de curiosidad. “El sentirse niño o niña fortalece la identidad de género y para ellos es importante. Es sexualidad aunque no sea conducta erótica”, subraya María Pérez.
A partir de los siete años y hasta la pubertad los especialistas hablan de un período de latencia o de desinterés sexual. Es cuando aparecen las primeras prohibiciones concernientes a lo corporal, así que las conductas se hacen menos espontáneas y parecen más desapercibidas. “En la infancia los deseos no están claros y menos aún la posible orientación de éstos, y los significados son diferentes. La clave está en no ver con ojos de adultos lo que hacen los niños o niñas”, sostiene Miguel Ángel Cueto.

Edad de la adolescencia

Las hormonas, tanto en chicas como en chicos, causan los llamados cambios sexuales secundarios. Desde el punto de vista psicológico surge un interés por el atractivo físico del otro. También brota la curiosidad por cuidar y resaltar el propio atractivo. Se afianza la tendencia a la relación y al vínculo con determinadas personas, el pertenecer a un grupo. Se busca expresar el mundo emocional a través de los sentidos.
La libido se dispara aunque a velocidades distintas. José Bustamante, secretario de la Asociación de Especialistas en Sexología de España, cuenta una anécdota significativa. “Cuando se va a dar charlas en los colegios a hablar de estos temas los chavales empiezan con risas flojas, mientras que las niñas hacen preguntas. Ellas en esta etapa combinan varios intereses, pero les interesan sobre todo las relaciones. Ellos, en cambio, son más proclives al juego y la diversión”. Cada adolescente va a su ritmo. “Se podría decir que en un mismo grupo conviven chicos y chicas de aspecto completamente aniñado con aquellos adolescentes con características sexuales secundarias plenamente evidentes”, dice Miguel Ángel Cueto. “Hay jóvenes que esto del sexo se lo toman con calma, se detienen en las etapas previas al coito, pero hay otros que se saltan los descubrimientos y van directamente al grano. Para muchos de estos chicos, tener relaciones sexuales equivale a quitarse la presión y se lo toman como su fuera un premio. En cuanto a las chicas, en los últimos años la situación ha cambiado un poco. A los 15-16 años ellas ya hablan más de sexo, son más conscientes de la sexualidad, explica José Bustamante.
¿Cuáles son los retos de esta etapa? María Pérez los resume así: “Hay una contradicción, porque la biología les pide a estos jóvenes experimentar, mientras que a veces la sociedad les niega esta posibilidad. Entonces se produce una falta de concordancia entre lo propio de la edad y lo que les piden los adultos”. Este conflicto se lleva a muchos terrenos. Muchos adolescentes presumen de su actividad sexual, pero sin ser conscientes realmente de su significado. “El problema es que a esta edad los jóvenes no saben valorar las consecuencias de sus actos. No sólo me refiero a embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual, sino al impacto emocional de sus encuentros y a saber gestionarlos a nivel emotivo, subraya la directora del Institut Espill.

Edad juventud
Dejada atrás la adolescencia, se cristaliza la identidad sexual. Aumenta la autoestima y la necesidad de contacto físico. “A los 20 años, el deseo es alto, las erecciones son casi espontáneas y a menudo involuntarias. Pero todavía los chicos arrastran una cierta visión de la sexualidad basada en la cantidad”, advierte José Bustamante. Se dice que los varones alcanzan a esta edad el pico de su plenitud, en cuanto a potencia, deseo, respuesta. “Yo no sería tan categórico. Lo que ocurre es que a esta edad los jóvenes suelen estar sanos. Y en el sexo pasa un poco como el deporte. Si estás entrenado, estarás en forma. No hay que olvidar que el sexo, desde el punto de vista fisiológico, depende de la optimización de la circulación sanguínea”, matiza el profesor Andrés López de la Llave.
“En esta etapa, la prioridad es conseguir pareja. Pero ellas, a diferencia de ellos, se centran más en la consolidación de las relaciones. Lo que es curioso–añade Bustamante– es que están apareciendo incluso en esta franja de edad problemas de deseo masculino. Porque, a diferencia del pasado, el potencial sexual femenino se expresa ahora con más libertad y algunos varones van un poco desorientados.En efecto, hace unos cuantos años permanecía una gran disyuntiva en la etapa de la juventud entre varones y mujeres: ellos estaban en la máxima plenitud, mientras que ellas todavía estaban un poco acomplejadas, algunas de ellas no habían experimentado ni orgasmos. “Hoy en día esto ocurre cada vez menos por que las mujeres se reafirman en su sexualidad”, coincide María Pérez.
La llegada del primer hijo suele romper los patrones. A los 30 años –recuerda Pérez–, se hipertrofia el papel de amante a costa del de padre y se deja un poco de lado el sexo. Esto tiene que ser una llamada de atención para la pareja, ya que puede tener consecuencias negativas en la relación.

Edad adulta
Cuando terminan las pasiones juveniles, en la edad mediana se tiene más claro lo que uno quiere y la sexualidad se vive con más profundidad que a edades tempranas. Las capacidades adquiridas y las libertades potencian más el apetito sexual. En lo que se refiere a los hombres, las erecciones tardan algo más en llegar (entre diez y quince segundos), el ascenso testicular es más lento, la masturbación disminuye y, paralelamente, aumenta el consumo de pornografía. La potencia sexual es más mesurada gracias a la estabilización del carácter, aunque a partir de los 45 el hombre puede fallar en la cama.
En este sentido, es bueno saber que el tan temido gatillazo puede ocurrir tanto a los 20 como a los 50. El problema es que en la cuarentena se sobrevalora su importancia. Ellos se encuentran en una fase de transición: a esta edad, los hombres son demasiado jóvenes para usar Viagra pero demasiado viejos para tener una respuesta eréctil instantánea. “El peor enemigo del hombre es la ansiedad, el miedo a fallar. Y si se tienen problemas cardiovasculares, esto va a dificultar las cosas. Pero uno si está en buena forma, no tiene porqué pasar nada. En cambio, el problema de la mujer siempre ha sido la vergüenza: ‘el qué pensarán, como me juzgarán’. No obstante, este aspecto pasa a adquirir menor importancia en la edad adulta, señala Bustamante.
Se dice que las mujeres alcanzan en esta etapa el mayor pico de deseo y de disfrute de la sexualidad, mientras que los hombres, desde el punto de vista biológico, ya no son el que eran. “A partir de una cierta edad, hay que mentalizarse de que sólo la estimulación visual ya no es suficiente para la excitación masculina. Los hombres necesitan estímulos táctiles. En cambio, las mujeres a los 40 años finalmente han aprendido a disfrutar. Se quitan la culpa y recuperan la curiosidad. Esto descoloca un poco al varón, porque en algunos casos le hace aumentar el peso de la responsabilidad, explica José Díaz Morfa, presidente Asociación Española de Sexología Clínica (AESC).
A nivel emocional, el mayor desafío para hombres y mujeres consiste en vencer el tedio de la convivencia. De hecho, las estadísticas dicen que entre los 45 y los 55 años se dan más casos de infidelidad. Muchos a esta edad optan por experimentar, arriesgarse y llevar las fantasías sexuales al límite. “Hay que procurar tener una visión realista. La búsqueda de aventuras continuas o de tener una cita cada semana es igual de aburrido que estar siempre con la misma persona. La rutina es la misma. Tienes que ser coherente con tus necesidades, teniendo presente que a partir de los 25 años empieza el declive físico”, alerta María Pérez.

Edad madurez

El varón produce espermatozoides constantemente. No hay un momento concreto de su vida para la aparición de la llamada andropausia, sino que, a lo largo del tiempo, se produce un progresivo descenso del nivel de andrógenos y hormonas masculinas, las que son responsables de la fuerza, de la masa muscular y de la capacidad sexual. Es una pérdida progresiva, sin que se llegue a un final concreto. A partir de los 50 años, hay una menor necesidad física de eyacular, hay menos testosterona, una cierta disminución de las contracciones orgásmicas, menor volumen y proyección en las eyaculaciones, las erecciones son menos firmes. No sólo se precisa más tiempo para lograr la excitación, sino que esta dura menos porque, de alguna manera, las válvulas de cierre del flujo sanguíneo ya no funcionan como antes.
En lo que se refiere a la mujer, la llegada de la menopausia no se relaciona necesariamente con una disminución del deseo. Lo que sí suele producir es una cierta sequedad vaginal. En este sentido, los lubricantes pueden resultar útiles y hasta ser un recurso para potenciar juegos eróticos. “No queda claro el impacto del climaterio en el deseo. Hay algunas mujeres que lo viven como una liberación. Porque finalmente se pueden centrar en ellas mismas”, dice María Pérez. En ambos casos, tanto para hombres como para mujeres, no se recomiendan, salvo casos específicos, tratamientos hormonales sustitutivos debido a los efectos secundarios que suponen.
Los grandes enemigos del sexo en la madurez son las consecuencias de los malos hábitos de los años anteriores: diabetes, hipertensión arterial, colesterol, vida sedentaria, obesidad y tabaquismo pueden pasar factura y causar un descenso de la libido, cansancio, debilidad general, falta de apetito sexual. Ahora bien, aunque caiga el rendimiento, la satisfacción psicológica u emocional no tiene porqué verse mermada. Porque el sexo no son solo hormonas y genética, sino afecto, matices psicológicas y complicidad. Hay muchas partes del cuerpo capaces de hacernos disfrutar a medida que pasan los años.
A esa edad, no todo son malas noticias: ya queda atrás la eyaculación precoz y la mujer requiere ahora una estimulación más prolongada y puede experimentar una mayor satisfacción. Asimismo, al desvincular el sexo de la procreación las parejas pueden vivir las relaciones con la máxima libertad. Algunos hablan, en esta etapa, de una segunda luna de miel, en particular cuando los niños dejan el hogar. “Los factores ambientales también condicionan: el interés por la sexualidad depende del espacio que tenga respecto al resto, si le dedicas menos tiempo, a base de repetición, cualquier situación se vuelve menos estimulante. El valor de la capacidad excitativa disminuye con el tiempo y la satisfacción también. Por lo tanto, acabamos teniendo menos ganas”, alerta Ángel López de la Llave. Para contrarrestar el problema, es esencial tener una actitud positiva y propositiva.
“En la madurez, no se puede vivir el sexo como una obligación. Una cosa es cuidar el universo erótico, pero hay que hacerlo según las necesidades, no para ponerse a prueba, o para que sea un encuentro forzado sin deseo”, apunta María Pérez. Andrés López de la Llave cree que, “a partir de una edad tienes que aceptar que no puedes ser el de antes. Es como con la dieta: no puedes comer lo mismo que en años anteriores. El secreto es sacar máximo partido de la condición biológica en la que nos encontramos, generar alicientes que sean propios del momento, respetando a uno mismo y a los demás. Porque si no se propicia emoción no tenemos alimento. El principio es que, en lo que se refiere al sexo, cuanto más, mejor. Más se practica, más será uno fuerte y ágil y tendrá mejor salud. Es lo mismo que en el resto de disciplinas: cuanto más nos entrenamos en una actividad, mejor preparados estaremos para el futuro”, explica López de la Llave.

Edad de la vejez
Es el último tabú. “Hasta se refleja en el vocabulario: el viejo verde tachado de libidinoso. O la viuda alegre como una mujer excesivamente frívola. Como si el sexo en la tercera edad fuera siempre algo negativo, recuerda José Bustamante. “La sociedad tiende a centrar la sexualidad en épocas productivas de la vida, porque asocia el sexo con el poder. Pero es un error. No se hace otra cosa que generar frustración”, se queja María Pérez.

Miguel Ángel Cueto asegura que “la sexualidad en los mayores sigue desempeñando un papel importante en la vida. Más del 85% de las personas mayores de 60 años disfrutan de actividad sexual satisfactoria. Para que se mantenga, depende sólo de un factor: la salud física. No se elimina la respuesta sexual pero sí que hay una modificación anatómica, funcional y psicológica. Según este experto los principales cambios en el envejecimiento vienen dados, en el hombre, por un menor ángulo peneano-abdominal en la erección, mayor tiempo de estimulación para conseguir una erección (a partir de los 75 años se puede tardar hasta cinco minutos), menor volumen de eyaculado y alargamiento del periodo refractario (entre un coito y otro).

En la mujer, la vagina es menos elástica, se produce un descenso mamario y hay menor lubricación vaginal. Dicho esto, sí que puede haber sexo. “Viven mal su sexualidad en la vejez las personas que se han quedado limitadas a un modelo juvenil”, amonesta Cueto. Aquí es cuando más de un varón habrá pensado recurrir al Viagra para recuperar el antiguo esplendor. “La gente piensa que el Viagra es un afrodisíaco, pero sin deseo no funciona”, recuerda José Díaz Morfa. Una vez más, hay que vivir la sexualidad acorde con las circunstancias vitales y, a ser, posible, crear contextos favorables.  Según María Pérez, para facilitar los encuentros, los ancianos, incluso cuando precisan asistencia, siempre deberían disponer de habitaciones donde estar solos. Para darse un beso, tener un contacto físico o emocional, o simplemente vivir su intimidad. “Y si están solos sin pareja, cosa que puede ocurrir con frecuencia, la masturbación puede ser una vía para alcanzar y gestionar el placer. No se debería negar esto a ningún ser humano, por motivaciones morales o religiosas. José Díaz Morfa concluye con una reflexión final. “La sexualidad sirve para expresar una gran cantidad de cosas, incluso para canalizar conflictos, emociones. Y hay que procurar vivirla de la forma más espontánea posible. Antes, en las décadas pasadas, había mucho puritanismo, Ahora hay mucha genitalidad, pero esto no significa que, por ello, tengamos más libertad”.


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