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divendres, 22 de novembre de 2013

Como elegir las metas. Luis Muiño. La Vanguardia.

A veces es difícil recordar cuáles son nuestros objetivos reales en la vida y más en esta sociedad que ofrece estímulos y recompensas a corto plazo. ¿Qué tipo de objetivos? Pueden ser muy difíciles, pero nunca utópicos


–Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
–Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar –dijo el Gato.
–No me importa mucho el sitio... –dijo Alicia.
–Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes –dijo el Gato.
–... siempre que llegue a alguna parte –añadió Alicia como explicación.
–¡Oh, siempre llegarás a alguna parte –aseguró el Gato–, si caminas lo suficiente!
A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja (…)”.
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

Hace más de 2000 años que Séneca enunció aquello de “no hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto va”. Pero la frase cobra más actualidad que nunca en una sociedad de sobre-estimulación, en la que miles de incentivos nos abren la puerta a infinitos mundos, es difícil recordar que llevar el timón es lo importante. El diálogo surrealista de Alicia con el Gato de Cheshire corre el riesgo de convertirse en una metáfora de muchas de nuestras conversaciones, en las que parece que lo importante es navegar, no importa adónde. Sin embargo, numerosas investigaciones nos hablan de la importancia de elegir destino. Dar un sentido a nuestras experiencias vitales es, en muchas ocasiones, más importante que vivir momentos puntuales felices.
Uno de los autores que más ha insistido en esta necesidad de vertebrar vivencias puntuales hacia una meta fue el psiquiatra Viktor Frankl. Estuvo recluido en campos de concentración (Auschwitz y Dachau) junto con personas que habían perdido todo, que habían visto destruidas la mayoría de cosas que valían la pena en sus vidas. Sin embargo, algunas conservaban una impresionante fuerza interior. Frankl vio que se trataba de personas para las que seguir con vida merecía la pena. A unos les ataba a la vida cuidar a su familia, a otros llegar a desarrollar un talento recién descubierto o mantener una capacidad que no querían perder –el sentido del humor, por ejemplo–. Había quienes tenían metas ambiciosas (hacer la revolución, llegar a ser ricos) y quienes albergaban ilusiones más sencillas (acabar un vestido para su hija). Todos resistían porque entendían lo que les estaba ocurriendo como algo puntual que formaba parte del camino necesario para llegar a una meta.
Las historias que Viktor Frankl recoge en El hombre en busca de sentido nos recuerdan que es muy importante tener algún objetivo, el que sea. Pero también existen crónicas de fracasos personales que nos hacen reflexionar sobre las características que deben tener nuestras metas para llevarnos a buen puerto.
Una antigua grabación es el triste resumen gráfico de una de esas historias. Se realizó el 4 de febrero de 1912. Ese día, Franz Reichelt, un sastre danés, se tiró desdela Torre Eiffel para probar al mundo que unas alas que él había fabricado eran suficientes para evitar la muerte. En las imágenes se ve como el aprendiz de hombre pájaro duda durante unos instantes angustiosos antes de lanzarse al vacío, pero al final se decide. Su salto del ángel termina como era de suponer: Reichelt aterrizó con fuerza brutal contra el suelo y murió en el acto. En el vídeo se ve como unos espectadores se acercan, con toda la tranquilidad del mundo, a medir el agujero que el ingenuo aprendiz de murciélago dejó en el suelo.
Nuestro protagonista había fabricado sus alas partiendo de una complicada armazón de tubos y varillas de metal que después recubrió de tela. Las alas eran plegables porque el pobre hombre había tenido que perpetrar su sueño en el humilde taller en el que trabajaba de sastre y aquella era la única forma de que no acabaran saliendo por las ventanas. Y los que las vieron contaban que quizás esa fue la principal razón para que el invento fallase: los pliegues dificultaron el vuelo. Todo un símbolo, Franz Reichelt quiso trascender a su vida de sastre remendón e intentó volar desde su humilde taller. Pero al final, la realidad acabó imponiéndose: es difícil volar cuando uno no tiene ni espacio para coser sus alas.
Reichelt fue un soñador y su sueño acabó matándole. Podemos suponer que era de esas personas que, para decidir si eran felices, comparaban su vida con un ideal perfecto. Y eso le hacía buscar metas demasiado lejanas. Una de las estrategias que usamos los humanos es buscar metas utópicas. Esa tentación trascendente tiene, a corto plazo, efectos positivos: nuestras aspiraciones a lo imposible nos permiten huir del conformismo.
Pero la estrategia tiene un riesgo: la falta de realismo puede llevar a la persona a un continuo enfrentamiento entre sus expectativas y la realidad. Las investigaciones muestran, por ejemplo, que las personas que están deprimidas sufren por este problema, por sus anhelos poco realistas acerca del mundo. Esperan más de lo que la vida les puede dar y esto les hace venirse abajo. Esto fue, literalmente, lo que le sucedió ese aciago día a Franz Reichelt, se vino abajo por esperar más de lo posible. Era un idealista que se hacía demasiadas ilusiones y había olvidado el dicho: procura que tus metas estén delante de ti, pero no tanto como para perderlas de vista.
Hay muchas razones que nos pueden llevar a albergar objetivos fuera de nuestro alcance: narcisismo, dificultad para entender el medio en el que vivimos, estructura mental fantasiosa… Además, hoy en día, en una cultura en la que parece haberse puesto de moda el si quieres, puedes, es fácil que los demás nos fomenten esas metas estériles. De los perdedores, de aquellos que han querido pero no han podido, se habla poco. Por eso quizás convenga, de vez en cuando, volver a ver las imágenes de Franz Reichelt y pensar sobre el realismo de nuestras ambiciones.
La madrugada del 9 de junio de 1933, al clarear el día, Aurora Rodríguez Carballeira entraba con un revolver en la habitación de su hija. Una hora después su hija Hildegart estaba muerta. Su madre le había disparado dos veces a la cabeza y una al corazón. La chica asesinada había sido concebida por su madre como un proyecto científico. Aurora Rodríguez, se sentía por encima de la media de las personas de su época y arrastraba la frustración de un mundo que no le permitía llevar a la práctica sus capacidades. Por eso concibió a su hija con premeditación y con la determinación de alguien que busca un fin. Evaluó durante años candidatos para padre de su hija. Encontró un marinero sano e inteligente. Le habló de amor, pasó con él las noches necesarias y cuando estuvo segura de estar embarazada, lo abandonó y no volvió a saber de él. Después, encauzó su vida y sus metas en su hija: a los tres años Hildegart sabía leer. A los diez, hablaba perfectamente alemán, inglés y francés. Con 15 años alcanzó prestigio internacional como sexóloga y experta en filosofía. A partir de ahí, empezó a reclamar mayor autonomía y quizás se enamoró. Cuando Aurora vio que sus expectativas quedaban decepcionadas, no lo pudo soportar…
Hay un lema del terapeuta Fritz Perls que resume muy bien la forma en que funciona la construcción sana de objetivos en el mundo actual que dice: “Yo soy yo, tú eres tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres tú, yo soy yo.... Si en algún momento o en algún punto nos encontramos y coincidimos será hermoso. Si no, no puede remediarse. Tú eres tú y soy yo” En la sociedad en la que vivimos, no tiene sentido que nuestras metas incluyan cambiar para ser como los demás quieren que seamos. Y tampoco es sano que alguno de nuestros objetivos sea que alguien haga lo que nosotros queremos que haga. Lo primero sería una traición a nuestro amor propio y nuestra dignidad, lo segundo sería una falta de consideración hacia la otra persona.
Sin embargo, es muy habitual caer en la tentación de asumir metas que sólo buscan satisfacer las expectativas ajenas. Muchas personas que luchan por conseguir lo que su pareja, sus padres o su grupo de referencia les piden, aunque eso no tenga nada que ver con lo que ellos pueden o quieren lograr…
O, como en el caso de Aurora Rodríguez Carballeira, hay muchos individuos cuyos anhelos incluyen que los demás cambien para cumplir sus exigencias. El riesgo de estos dos tipos de errores es la frustración: nunca contentamos completamente a los demás porque responder a las presiones ajenas es un proceso infinito, que nunca tiene fin. Y, por esa razón, jamás estaremos contentos con la respuesta de los demás a nuestras presiones. En el mundo actual, los objetivos se tienen que basar en ser capaces de responder a nuestras expectativas sobre nosotros mismos. Ningún otro tipo de anhelo consigue satisfacerse nunca.
Un tercer grupo de historias las podemos encontrar en las investigaciones de Sonja Lyubomirsky, profesora dela Universidadde Riverside, California. Esta psicóloga recopiló decenas de testimonios de personas que habían ganado premios de lotería.
A pesar de que este parece un objetivo que todos tenemos en mente, los sentimientos de los entrevistados eran distintos a lo esperable. Estas personas recuerdan su alegría por el premio como algo pasajero. De hecho, un año después de haber obtenido el premio los favorecidos por el azar no se sentían más felices que los no ganadores. Habían vuelto al estado de ánimo que tenían antes de ser agraciados.
Hay dos grandes razones para este sorprendente enfriamiento emocional después de la consecución de grandes metas. Una es nuestra falta de experiencia acerca de lo que significa realmente esa meta: el desconocimiento de las desventajas de triunfar puede llevar a la frustración cuando se consigue la gloria. Daniel Gilbert, psicólogo dela Universidad de Harvard, mostró esto en un experimento en el que se pedía a un grupo de voluntarios que enumeraran acontecimientos que los harían sentirse exitosos y puntuaran del uno al diez el grado de felicidad que pensaban que iban a obtener al ocurrir esos hechos. Tiempo después, los investigadores volvían a entrevistarles: esta vez les pedían que puntuaran la felicidad obtenida una vez conseguidos sus objetivos. Los resultados de la investigación fueron contundentes: el grado de satisfacción era mucho menor que el esperado en más del 95% de los ítems.
La causa de esta frustrante diferencia entre lo que esperamos y lo que conseguimos es, según Gilbert, nuestra deficiente búsqueda de información: “Hemos notado que cuando una persona quiere conseguir algo, como por ejemplo conquistar al chico alto y moreno que conoció en el gimnasio, suele buscar información o imaginar lo que podría ser en vez de consultarlo con personas similares que han estado en la misma situación”. Es decir, los seres humanos preferimos inventarnos cuál va a ser el grado de satisfacción que nos produce una meta en vez de recabar información entre aquellos que la han logrado y elaborar hipótesis con esos datos. Por eso, según Gilbert, la única forma de ahorrarnos decepciones es preguntar a los que saben.
El último factor que contribuye a que estos grandes objetivos no nos resulten tan satisfactorios como creemos es nuestra tendencia a creer que la felicidad depende de los grandes hitos. Creemos que sólo estaremos plenamente satisfechos cuando logremos metas grandes (“Si yo fuera rico”, “Cuando acabe la carrera…”, “En cuanto nos casemos ya verás como…”). Y sin embargo, esto no es consistente con lo que sabemos del ser humano: la felicidad no depende de los grandes momentos.
Ed Diener, psicólogo de la Universidadde Illinois, es uno de los principales estudiosos de este fenómeno. Diener encuentra en sus investigaciones que la felicidad se correlaciona con la cantidad de experiencias positivas, pero no con su intensidad. Según este investigador, lo fundamental para sentirse bien es experimentar frecuentemente y de forma prolongada estados de ánimo positivos y con poca frecuencia y duración tonos de ánimo negativos. Es decir: la felicidad depende de la cantidad y de la duración de las sensaciones, pero no de su intensidad. Cuando preguntamos a personas que se sienten satisfechas con su vida cuáles son las razones, no solemos encontrar emociones positivas intensas por haber alcanzado grandes objetivos.
Lo habitual no es que les haya tocado la lotería o hayan accedido al puesto de trabajo por el que llevan años luchando. Lo que les ocurre, más bien, es que en ese momento están llevando una vida en que las alegrías son más frecuentes y duran más que las tristezas. Pero esas alegrías son sencillas, y se deben a la consecución de objetivos poco espectaculares: una cierta satisfacción afectiva, algunos objetivos cumplidos, una vida laboral medianamente motivadora...

La razón por la satisfacción de grandes anhelos no contribuye a la felicidad tiene que ver, según Diener, con el alto coste psicológico de las emociones fuertes. Los afectos intensos, aunque sean positivos, desestabilizan a los individuos. Por eso las personas con emociones positivas intensas suelen ser, también, las que más emociones negativas intensas tienen.


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