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dilluns, 13 d’abril de 2015

DESCUBRIR. Àlex Rovira.

“Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, debemos llevarla con nosotros, o jamás la hallaremos.”. Ralph Waldo Emerson
Conocí a un buen hombre, un campesino con el que compartí largas conversaciones de infancia y adolescencia, que era capaz de hallar a manos llenas la belleza en lo cotidiano, en lo más nimio: en la espiga de trigo, el reflejo del sol en la piedra, en la hiedra enramada, o en el insecto sobre el agua del estanque y las ondas que trazaban sus pasos, también en la crin del animal de tiro, o en el canto del pájaro y las caligrafías de su vuelo, o en la fruta madura caída del árbol, o en la flor y el brote que pedían paso a la vida. Ese anciano campesino brindaba a quien supiera estar con él en silencio una mirada que cosechaba prodigios de una simpleza y gracia asombrosas. No solo sabía mirar; sabía ver.
Era su mirada, su capacidad de asombro, el permiso que se daba a sí mismo de dejarse atravesar por la vida lo que le permitía no cristalizarla. Parecía tener el don de ver sin conceptualizar. Quizás por eso era un gran descubridor de lo estético (y de lo ético) en lo cotidiano. Y desde el gesto de la alegría interior llena de curiosidad y amor al instante, a la vida, al darse cuenta, se desplegaba una mirada inocente. Esa mirada que nos dura apenas tres o cuatro años desde que nacemos, y que jamás deberíamos perder.
Su mirada no era pasiva. Era un ejercicio de despertar permanente, de observación del detalle, de indagación apreciativa. José descubría paraísos en lo obvio. ¿Y sabéis por qué? Porque era un hombre bueno. Y esa bondad, unida a su generosidad, sobriedad y a la belleza que habitaban en él, le permitían captar eso mismo en lo que le rodeaba. Había sufrido en sus carnes el hambre y la miseria, apenas sabía leer, siempre había trabajado en el campo de sol a sol. Recuerdo que sus manos tenían más surcos que los que él labraba en la tierra para poder comer. No, no era un ingenuo. Pero misteriosamente nada de su sufrimiento pudo con esa alegría sin objeto que regalaba. No, no se convirtió jamás en un cínico, ni en un crítico de taberna. Quizás su alegría fuera una elección consciente, y permanente. Probablemente vivió tanto horror y miseria en la Guerra civil que decidió hacer de sus días una siembra de serenidad y entrega. Si algo no iba, lo arreglaba. Si en algo podía contribuir, allí estaba. Era un ser humano sencillo y trabajador, amable y generoso, desprendido y discreto, del que recuerdo su gran amor por su mujer y sus hijos, también bellas gentes que siguen labrando su vida en el campo, y por los amigos de sus hijos. Un hombre que pasaría inadvertido entre la muchedumbre por su humilde aspecto físico, pero que tenía una de las almas más luminosas que he tenido el privilegio de conocer. Esa fue mi suerte, estar cerca de su clan.
Sí, José descubría la belleza que nos es regalada y tan a menudo despreciamos porque no apreciamos. Ya lo dice la palabra, “des-cubrir” es dejar de cubrir, de tapar, de ocultar. Si queremos descubrir algo nuevo, quizás deberíamos empezar por permitirnos el descubrimiento de nosotros mismos. Un ejercicio nada fácil, ya que requiere el hábito de la presencia consciente, del saber guardar silencio, de la disposición entrenada, de la humildad fértil, de la alegría elegida, y tantos otros hábitos tan exquisitamente sutiles como difíciles de integrar y poderosos.
Para hallar algo que creemos desconocido debemos partir de viaje hacia ello, ¿pero acaso el hecho de partir en busca de algo desconocido no presupone la intuición de que eso anhelado que queremos descubrir existe ya? Por supuesto. Existe dentro. Muchas almas lúcidas han constatado que los paraísos perdidos están, esencialmente, en nuestro interior. Solo desde allí y convocando lo mejor de uno puede uno invitar al otro a lo mejor del otro, y desde allí tomar consciencia que hay mucha más belleza y sentido alrededor del que imaginamos, a pesar de que los que ejercitan el poder se esmeran para hacernos creer lo contrario. Porque solo la buena gente tiene el don de hacernos creer y descubrir.
Os deseo lo mejor.
¿Vamos a descubrirlo?
Besos y abrazos,
Álex



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