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dimarts, 14 de gener de 2014

"Como padres compensamos el trato que nos dan de hijos". La Contra de La Vanguardia.

Francisco Palacio Espasa, psiquiatra; terapeuta parental

Tengo 71 años. Nací en Callosa d'en Sarriá, pero ejerzo y soy catedrático en Ginebra. De niños adoramos a los padres; luego los juzgamos y al fin los perdonamos: espero perdón de mis dos hijos y hasta de mis dos nietos. No soy creyente, pero si lo fuera, seria católico, desde luego

MEJORAR EN FAMILIA
Palacio Esposa fue discípulo del doctor Ajuriaquerra, fundador de la escuela de Ginebra. Y al frente de la psiquiatría del hospital ginebrino le sucede Frangois Ansermet, quien ya explicó en La Contra cómo cada experiencia deja en nuestro cerebro una huella sinóptica y, cada vez que la evocamos, la vamos modificando. Así curan las palabras. Algo parecido experimento al escuchar al doctor Palacio en las jornadas de la Escuela Española de Psiquiatría. Analiza experiencias de padres e hijos y cómo van compensando sus errores en la cadena de la vida. Nadie es perfecto... Y es una suerte, porque así todos podemos ir mejorando poco a poco para llegar a ser una buena familia

Desde que nacemos somos criaturas anticipatorias y por ello también parentales...

Yo creía que de niños somos sobre todo hijos.
Somos padres desde bebés. La función de la parentalidad ya aparece en el bebé gracias a sus neuronas espejo. Winnicott, psicoanalista intuitivo, observó que muchos bebés al mamar ponen el dedo en la boca de la madre como sí quisieran darle pecho también a ella.

¿Por eso juegan con muñecos?
Y por eso, a partir de los 14 meses, ya tratan al muñeco como si fuera su hijo.

¿Niñas y niños por igual?
Lo mismo. Y su forma de sentirse hijos empieza a determinar cómo serán de papás.

¿Somos papás tal como fuimos hijos?
Y por eso la decisión de ser padres o no depende de cómo nos sentimos como hijos.

Yo creía que eres buen padre porque eres buena persona y mejor profesional.
Pues no. La dimensión parental de la personalidad no necesariamente coincide con la dimensión de autonomía del sujeto. Puedes ser un gran profesional y no tan buen padre. Tuve, por ejemplo, una paciente que había logrado una carrera financiera fulgurante...

... ¿pero tenía problemas como mamá?
porque los tuvo como hija. Era la hija única de una madre soltera casi exclusivamente dedicada a ser su madre.

¿Y ella como hija se sentía culpable?
En su fantasía de proyección, sí. Por eso se casó con un hombre huérfano, para así poder dar a su madre otro hijo.

¿Esa pareja funcionó?
Mi paciente no quería hijos porque, como hija, sentía que había esclavizado a su madre. Por tanto, temía tener hijos porque creía que la esclavizarían a ella también.

¿Qué pensaba el marido?
Había convertido a su marido en un hermano menor, por lo que su convivencia no era buena. Además, el marido sí quería hijos, así que acabaron adoptando tres niños asiáticos. Y fue un desastre.

¿Si no tienes hijos, no eres normal?
Tendemos a transmitirnos, sí, pero si esa señora no hubiera tenido hijos, en lo demás era perfectamente equilibrada También encontramos hoy solteros de oro eternos que temen que alguna los pesque. Suelen ser hijos de padres entregados totalmente a ellos.

¿Por qué no quieren tener familia?.
Se niegan a ser padres porque su proyección fantasiosa también es que, si tienen hijos, estos los esclavizarán a ellos como ellos sienten haber esclavizado a sus padres.

Nuestra parentalidad parece regida por la compensación intergeneracional.
Por eso los hijos desatendidos suelen ser padres entregados. Los niños de padres inmigrantes obsesionados por trabajar y ascender, cuando tienen hijos, tienden a ser demasiado permisivos con ellos porque quieren evitar que les reprochen una falta de atención como la que ellos sufrieron.

¿Y si tus padres te mimaron, tenderás a ser muy severo con tus hijos?
Sí. Y los hijos maltratados como niños cuando son padres suelen mantener los suyos a distancia, porque llegan incluso a temerlos.

¿Tan difícil es ser papás equilibrados?
Debemos conformarnos con cierto equilibrio, porque lo bueno es enemigo de lo perfecto. Pero todos podemos alcanzar, como padres, al menos un equilibrio razonable.

¿Cómo lograrlo?
Poniendo limites a nuestra dedicación. Así ayudaremos a nuestros hijos a que un día sean buenos padres. Debes procurar lo mejor para ellos, pero sin renunciar a tu vida. Que se sepan queridos, pero no llegues nunca a anularte por ellos. Hay que limitar la entrega y ser padre sin dejar de preservar la vida conyugal, profesional y personal.

¿Eso es el equilibrio?
Tendemos a querer ser los padres que hubiéramos querido tener. Y a intentar que nuestro hijo sea el hijo que quisimos ser. Pero cuando ese deseo niega la realidad provoca relaciones rígidas. Por ejemplo: "El niño no me come". No ha de comer para usted, sino para su apetito. Su obsesión puede hacer que el niño sea un adulto obeso o anoréxico.

¿Y si hay más mimos que límites?
El hijo siente que ha derrotado a los padres y deriva en un comportamiento tiránico, que puede llegar a trastornos funcionales.

¿No reflexionan al hacerse mayores?
Si le preguntas a una niña cuántos hijos quiere, te dirá que dos, como mamá. Pero si le preguntas a una adolescente, te dirá que ella no será tan trabajadora o tan fiestera o tan lo que sea como su madre: la está juzgando. Primero adoramos a los padres; luego los juzgamos y, al final, los perdonamos.

Mientras, deberíamos soportarnos.
Queremos tener el hijo ideal que hubiéramos querido ser. (amado, asistido, apoyado), por lo que también queremos ser el padre ideal que hubiéramos querido tener (entregado, solícito, disponible).

Al menos hay que intentarlo.

Queremos dar a nuestros hijos una edición corregida y aumentada de lo que nos dieron nuestros padres, pero hay que aceptar que sólo será un intento y tratar de sobrellevar nuestras limitaciones. ¡Y que nuestros hijos nos mejoren como padres!


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