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dijous, 9 de gener de 2014

"No presupongan que mi vida es desgraciada". Joan Pahisa. La Contra de La Vanguardia.


Joan Pahisa, campeón del mundo de tenis de mesa de gente baja.
Tengo 27 años. Nací y vivo en Sant Cugat del Vallès. Vivo solo. Estoy licenciado en Informática y preparo el doctorado. La política hay que reinventarla, necesitamos partidos y gente nueva que no quiera perpetuarse en el poder. Yo voy a actuar igual exista o no exista Dios.

MIRAR ARRIBA
Un metro de altura y 30 kilos de sentido común y fuerza de carácter. Este verano Pahisa participó en los World Dwarf Games en Michigan, los JJ.00. de las personas de talla baja. Ganó cinco medallas y fue el único representante español. Sobre su viaje y experiencias se ha realizado un documental desde el que se puede ver el mundo a su altura: Glance up (Mirar arriba). «..Para fomentar el deporte entre personas con discapacidad; que no tenga que volver solo a esos Juegos. Y para luchar contra el estereotipo". Quiere crear una federación deportiva destinada a este colectivo, y también terminar su novela y su aplicación informática para gente con problemas de habla.


Cómo se ve el mundo, desde un metro de altura?
Cuando he llegado a La Vanguardia la recepcionista, parapetada tras el mostrador, no me veía, he tenido que levantar mi pequeña muleta y alzar la voz: «¡Eh!, ¡que estoy aquí!".

...
Cuando voy por la calle no veo la cara de las personas, salvo las de la gente que me mira mal, todos tenemos un radar para eso.

Cierto.
En todas partes hay cosas más altas que yo que me tapan la visión. Veo vallas, ruedas de coches aparcados y piernas. Y cuando miro desde cualquier ventana veo áticos y la punta de la copa de los árboles.

Usted ve otro mundo.
Con la vista no veo muy lejos, y puede que eso haya influido en mi carácter, porque con la imaginación sí llego lejos.

Cuénteme.
Siempre he tenido que improvisar soluciones a los problemas cotidianos con que me encuentro, y eso me da muchos recursos.

¿Por ejemplo?
Ahora tengo una casa adaptada, pero antes colgaba cuerdas de los pomos de las puertas para poder abrirlas. Si son muy pesadas, abro, meto mi muleta y hago palanca. Lavarse las manos fuera de casa también es un reto porque no llego a los lavamanos, así que siempre llevo toallas antisépticas...

Tiene que ser previsor.
Mucho. Luego está el tema de apretar botones (ascensores, timbres...) y uso mi destreza con la muleta. Y los cajeros automáticos, y cajeros de los parkings, en los que si no hay personal mejor no aparcar, porque si no llegas a la máquina te quedas encerrado. Y ¡ay! las escaleras...

¿Muchas y altas?
Sí, de hecho tuve que dejar Periodismo porque debía subir 80 escalones cuatro o cinco veces al día: no llegaba a las clases y acababa agotado.

¿Cuándo estuvo por primera vez con gente de su tamaño?
A los 19 años, cuando participé por primera vez en los World Dwarf Games en Michigan, una competición parecida a los Juegos Olímpicos que se celebra cada cuatro años, para gente de talla baja.

¿Y qué tal?
Increíble, era como estar en casa por primera vez. Todos saben lo que es vivir como tú, no hay que dar explicaciones, así que toda esa parte desaparece, no tiene ninguna importancia en las relaciones con las personas. Pude experimentar lo que sería la vida a vuestra altura, a metro ochenta, es decir, relacionarme con gente al mismo nivel.

Sin prejuicios.
Sí, porque más importante que las barreras físicas son las sociales. Hay que aprender a tratar al diferente con normalidad, y si no sabes cómo actuar ante ciertas situaciones, pregunta, no pasa nada, pero no supongas todo lo que no puedo hacer ni que mi vida es desgraciada. La gente me pone como ejemplo de historia de superación.

Y no le gusta...
No hay nada que superar, yo nací así. Lo que tienes que hacer es vivir. La mía es una historia de normalidad, todo el mundo tendría que vivir intentando superarse a sí mismo, haciendo lo que quiere hacer, sin dar tanta importancia a lo que los otros dicen.

¿Dicen mucho?
He ganado varios campeonatos de tenis de mesa en torneos con mesa reglamentaria y gente alta. Pero cuando empecé a jugar me tenían con los niños pequeños: "Entretente si quieres". No me tomaban en serio. Y despierto un montón de miradas, unas son de curiosidad y otras de desprecio.

No lo entiendo.
Yo tampoco, pero hay gente que te mira mal, como si fueras la encarnación del diablo. Y luego están ciertos comentarios.

¿De qué tipo?
"¡Mira este puto enano!", o`¡me voy afollar a este enano!". Pero también me he topado con comentarios que me han hecho mucha ilusión. Un niño le dijo a su madre: "Mira qué niño tan fuerte". Y el otro día un niño con síndrome de Down comentó: "¡Mira qué bonito!"... Pensé que me gustaría que la gente me viera con sus ojos.

Los niños suelen ser crueles.
Dicen lo que piensan. Antes, cuando veía un grupo de niños daba un rodeo. Ahora doy charlas en colegios e institutos... ¡Toda una terapia! De entrada me dicen que ser como yo sería lo peor que les podría pasar.

Un buen punto de partida.
Los adolescentes son muy inseguros, y verme a mí, con humor y capaz de haber jugado al baloncesto, les relaja un montón. Les explico que hay que convertir las desventajas en ventajas, y poco a poco comprenden que la baja estatura no es mi defecto, es el que ven los demás en mí. Para mí, mi altura es simplemente una característica.

¿Les convence?
Cuando les digo que no me cambiaría, que soy feliz, y que esa felicidad es el resultado de lo que he vivido y en lo que me he convertido, se quedan de piedra, pero con una sonrisa y muchas ganas de salir al mundo.



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