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dissabte, 15 de febrer de 2014

¿Haces equipo con tu pareja?. Irene Orce.

“Reunirse es un comienzo. Mantenerse juntos es progreso. Trabajar juntos es el éxito”, Henry Ford
Cada relación de pareja es un universo. Pero en todas, la constante es el cambio. Aunque cada una de ellas tiene su tempo y sus particularidades, todas pasan por diferentes etapas. Algunas son increíblemente buenas… y otras no lo son tanto. Existen miles de factores que influyen en estas fluctuaciones. Pero hay pocas cosas que transformen una relación de pareja tanto como los hijos. Al principio, el ajuste puede resultar un reto. Un cambio de 360 grados en nuestra manera de gestionar nuestro día a día. Pero poco a poco, todo encuentra su lugar. Encontramos un nuevo equilibrio, que a menudo se ve sacudido cuando nuestros hijos llegan a la adolescencia. Por lo general, durante esta etapa aumentan los conflictos, las borderías, las salidas de tono, las malas caras y la tensión en casa. E inevitablemente, todo esto afecta a nuestra relación de pareja. Incrementa el desgaste, multiplica el cansancio y minimiza la paciencia. Y eso suele provocar desagradables consecuencias.
Cuando las cosas se ponen feas, terminamos por utilizar a nuestra pareja como válvula de escape de nuestra propia frustración. Encontramos carencias y áreas de mejora, nos quejamos de lo que el otro no hace y de cómo se comporta. Descubrimos nuevas facetas de la persona con la que hemos construido nuestra vida, y no todas nos gustan. La rutina y la inercia magnifican este proceso. Pero cuando la pareja se resiente, nuestro mundo emocional se tambalea. De ahí la importancia de aprender a recuperar ese necesario equilibrio. Para lograrlo, tenemos que dedicar tiempo a regresar a los básicos. Lo más esencial, la clave para mantener cualquier relación de pareja –y de paternidad compartida– es hacer equipo. Seguro que lo hemos oído antes. Pero ¿qué quiere decir?
Un equipo “comprende a cualquier grupo de dos personas o más con pensamientos diferentes que interactúan, discuten y piensan de forma coordinada y cooperativa, unidas por un objetivo común”; según dicta la RAE. Lo cierto es que formar parte de un equipo cuenta con numerosos beneficios. Nos permite compartir la responsabilidad de cualquier situación, y nos ayuda a resolver los obstáculos con más confianza y seguridad. Nos hace sentirnos apoyados y ser más precavidos, pues formamos parte de algo que va más allá de nosotros mismos. También facilita la toma de decisiones, pues nos invita a incorporar diferentes puntos de vista que nos ofrecen una perspectiva más amplia.
Además, nos ofrece estabilidad y refugio en tiempos de crisis. No en vano, la carga de cualquier conflicto o emoción se divide, y eso la hace más ligera. Los logros son compartidos, lo que multiplica la sensación de bienestar y alegría. En última instancia, un proyecto común nos ayuda a ser más tolerantes, flexibles y respetuosos. Así, formar parte de un equipo nos lleva a sacar lo mejor de nosotros mismos y nos ayuda a crecer, superando los obstáculos que nos va poniendo la vida y superándonos a nosotros mismos en el proceso.

Entrenar, entrenar, entrenar
“Cualquier poder, si no se basa en la unión, es débil”, Jean de la Fontaine
El primer paso para hacer equipo con nuestra pareja es aprender a definir objetivos comunes, como por ejemplo, qué tipo de educación queremos brindarles a nuestros hijos. E incluso preguntarnos el uno al otro: ¿Qué tipo de padres queremos ser? No en vano, cuando los objetivos son claros, nos sentimos más comprometidos e implicados con nuestra función. Además, pactar cómo queremos abordar ciertos temas, cuál es la mejor manera de resolver discusiones o conflictos en casa y la definición de roles –de qué se encarga cada uno- son algunas de las cuestiones en la que es fundamental llegar a un acuerdo entre los miembros del equipo. Y si dedicamos el tiempo necesario a comunicarnos con el otro, podremos establecer una hoja de ruta que cuente con el beneplácito de ambos.
Sin embargo, a menudo las circunstancias ponen a prueba la resistencia del equipo. Cuando damos las cosas por sentadas y nos olvidamos de cuidar y nutrir las necesidades de nuestro compañero o compañera, dejando de corear el himno y de honrar nuestros colores, empiezan los problemas. A veces, el desgaste y la distancia transforman a nuestra pareja en nuestro rival. En alguien que, consciente o inconscientemente, nos hace la zancadilla en vez de tendernos la mano. Y nos encontramos formando parte de un equipo disfuncional, marcado por la agresividad, la hostilidad, la indiferencia… emociones que generan una brecha cada vez más amplia entre ambos.
Así, entramos en situación de bloqueo. Todo es motivo de resistencia y de desacuerdo, lo que genera amargas dosis de reproches y multiplica los obstáculos para lograr nuestros objetivos. Ante esta situación, hay quien opta por, de algún modo, desertar, aislándose emocionalmente. O quien, por el contrario, trata de llamar la atención mediante estratagemas y numeritos varios. Lo cierto es que no resulta fácil reconducir una situación de estas características, pero hay medidas que podemos tomar… Siempre que estemos dispuestos a asumir la responsabilidad de iniciar el proceso de cambio.
Sea cual sea el estado de nuestra relación, está en nuestras manos trabajar por y para la cooperación. No siempre estaremos de acuerdo con los planteamientos o decisiones de nuestro compañero en el viaje de la paternidad, pero si mantenemos claro nuestro objetivo principal –el bienestar de nuestros hijos– y tratamos de salirnos de la maraña de la emoción, podremos encontrar una vía más equilibrada y serena de gestionar nuestras emociones y las situaciones que vayan surgiendo. Y eso pasa por volver a poner en práctica la regla más importante de cualquier equipo: el entrenamiento.
Resulta indispensable para recuperar o mantener la complicidad y la compenetración, dos características básicas para salir airosos de las situaciones de conflicto y tensión. Existen muchos entrenamientos distintos, pero su esencia podría comprimirse en el conocido como entrenamiento de las 4 ‘Ces’: cabeza, corazón, cama y compromiso. Para alimentar la primera ‘ce’, cabeza, necesitamos dedicar tiempo a la comunicación. Darnos espacios para compartir y conversar, a poder ser fuera de la inercia del día a día, bien sea tomando un café mano a mano en un bar o simplemente paseando. Dedicar un espacio semanal para plantear y consensuar decisiones también resulta muy útil.
Para cuidar la segunda ‘ce’, corazón, resulta fundamental verbalizar de vez en cuando lo que significa nuestro compañero para nosotros, recordarnos –y recordarle– sus cualidades y todas aquellas cosas que nos gustan y valoramos de él. Aunque lo creamos, no todo se da por sobreentendido. La tercera ‘ce’, cama, significa mucho más que lo que sugiere la obviedad. Implica desarrollar la ternura, el cariño, la ‘mimoterapia’. En este terreno entran los besos -¿cuánto tiempo hace que no damos o recibimos un beso con todas las letras?- y las caricias. Podemos marcar una cita al mes, hacer algo diferente que nos ayude a reconectar la intimidad, dando espacio a la piel. Por último, la cuarta ‘ce’, compromiso, lo tiene todo que ver con reinventarnos, yendo más allá de nuestra zona de comodidad cuando sea necesario para volver a reencontrarnos con nuestro compañero.

Ganar el partido
“No hay problema que no podamos resolver juntos, y muy pocos que podamos resolver por nosotros mismos”, Lyndon Johnson
Llegados a este punto, cabe apuntar que la salud de un equipo se mide en base al sentido de pertenencia que tienen sus miembros, además de la solidaridad que expresan el uno con el otro. Lo que significa que cuando uno no llega, el otro toma el relevo, y siempre tratan de solucionar sus diferencias. Compartir valores, actitudes y principios fortalece a un equipo, de ahí la importancia de cuestionar los nuestros y ponerlos en común con nuestra pareja. Una vez establecidas las reglas básicas del juego, viene la parte difícil: ponerlas en práctica y ser constantes. Eso pasa por hablar, limar, creer, crecer y reconstruir. A pesar del reto diario que suponen, muchas veces, nuestras circunstancias y la paternidad compartida.
Ésa es la única manera de ganar el partido. El resultado no se mide en goles, canastas ni ‘sets’. El premio es algo más intangible, y está conectado al goce de jugar. Porque cuando hacemos equipo con nuestra pareja, y entrenamos los suficiente, ganamos en solidez, estabilidad y en capacidad de amar. Este aprendizaje nos lleva a abandonar la creencia de que nuestra felicidad depende de factores externos. Y es que más allá de nuestras reacciones impulsivas e inconscientes, el verdadero amor se fundamenta sobre la responsabilidad y la consciencia. Así, ¿a qué esperamos para hacernos ‘fans’ de nuestro equipo?

En clave de coaching
  • ¿Qué actividades nos ayudarían a mejorar la comunicación con nuestra pareja?
  • ¿De qué manera estás siendo cómplice de la felicidad de tu pareja?
  • ¿Qué acciones y decisiones has tomado últimamente que demuestran que haces equipo con tu pareja?
Libro recomendado
‘El buen amor en la pareja’, de Joan Garriga (Destino)


© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)

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