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dimarts, 11 de febrer de 2014

Mentir a la pareja. Piergiorgio M. Sandri. La Vanguardia.

En las relaciones, hombres y mujeres no suelen decir siempre la verdad. Mienten para conseguir sexo, por necesidad, por amor. Las parejas mantienen un equilibrio delicado entre la sinceridad y la conveniencia personal. Es el arte del compromiso.
“Mientes como nadie / cuando me dices te quiero”. Así sonaba el estribillo de una célebre canción del grupo Ketama de hace unos años. ¿Licencia poética? En absoluto. Es la vida misma. “Hombres y mujeres, todos mienten sin distinción. A los demás y a uno mismo. Para que la relación o el encuentro mantengan las expectativas o en nombre de la paz conyugal. Es cierto: casi siempre son mentiras pequeñas más parecidas a justificaciones innecesarias que a disparates mal contados. Pero la realidad es que sirven a la pareja para preservar intacto el sueño del amor o de la noche de pasión”, explica Nadia Busato, escritora y divulgadora italiana autora del libro 101 bugie che ci raccontiamo in amore o sull’ amore (Newton) (101 mentiras que nos contamos en amor y sobre el amor).
¿Las relaciones se basan en mentiras? No debería la sinceridad el pilar de todo? Cuestión de grados y de contexto. Al principio, cuando no se conocen, hombres y mujeres quieren seducir. De alguna manera, tratan de venderse (o de comprarse) los unos a los otros. No hay que escandalizarse: a cambio de una noche de sexo, más de uno estaría dispuesto, aunque sea de forma inconsciente, a contar alguna historia para impresionar a la persona que tiene por delante. “En términos biológicos es algo humano. Se trata de garantizar la supervivencia de la especie. Se atrae a la mejor pareja para cada uno. Y no se quiere echar a perder las probabilidades de éxito”, dijo, preguntado sobre el tema, el psicólogo Philip Hodson, miembro del Asociación Británica de Psicoterapia, al rotativo Daily Mail.
¿Biología o voluntad? ¿Se miente para conseguir sexo porque el deseo es una pulsión incontrolable e intrínseca del ser humano? Pere Estupinyà, químico y divulgador, autor del libro La ciencia del sexo (Debate) precisa: “Es muy importante distinguir el deseo del comportamiento. El deseo sexual es en primera instancia irracional. Es un instinto como puede ser el hambre. Así que, el deseo o fantasías no las podemos controlar. Lo que sí podemos controlar es el comportamiento. Y eso, en el cerebro, lo gestiona el córtex prefrontal, sede de nuestra racionalidad”. Ahora bien, tal como reconoce Estupinyà, “puede ocurrir que nosotros decidamos desinhibirnos en circunstancias determinadas para disfrutar más del gozo sexual”. Por ejemplo, todas las veces que la corteza prefrontal está menos activa y le cuesta controlar los instintos, como estado de embriaguez, depresión, etcétera.
En cambio, según este experto, las mentiras entre parejas son engaños deliberados y conscientes que se usan para conseguir objetivos. Es un mecanismo que está muy instaurado en nuestra sociedad y en nuestra especie. A nivel psicológico y de procesos cerebrales, no son tan diferentes de las mentiras en el trabajo, por ejemplo”. “Pero, en lo que se refiere al sexo –subraya–, lo curioso es que antes de decir la mentira, esta ya suele tener una justificación propia. Se trata de un engaño cognitivo, en el que no se ve la mentira como algo malo, sino algo justificado por otros factores. Un caso muy claro es el de las infidelidades, donde aparecen excusas como que al final es lo mejor para la pareja. Puede serlo… pero no deja de ser una mentira, aunque tolerada por un fin (o excusa) a la que le damos mayor importancia”.
Como se ve, al final los factores culturales y sociales modulan e influyen en la biología. En el imaginario colectivo se da tan por asumido que habrá que pasar por algún engaño y artificio si se quiere lograr llevarse alguien a la alcoba que en EE.UU., en una serie de éxito, How I met your mother (cómo conocí a vuestra madre), el protagonista, Barney Stinson, incluso confecciona un manual de la mentira perfecta con la que tejer una trampa a las mujeres: es el libro Playbook (libro de juegos), que abarca un amplio catálogo de trucos y estratagemas, que van desde hacerse pasar por un hombre abandonado en busca de consuelo, hasta actuar de macho protector. Se trata de un recurso de los guionistas, en una comedia que hace sátira social, pero que, como ocurre a menudo, ironiza sobre hechos reales.

Eso sí, a veces las falsedades o exageraciones que un hombre o una mujer puede decir al otro no son fruto de la malicia o de algún cínico plan, sino que se dicen con toda la buena fe. Bajo el entusiasmo, se llega a soltar las típicas frases que, a posteriori, pueden parecer poco sinceras, como “eres lo mejor de mi vida” o “llevaba años buscándote”. “Pero todas estas, de alguna manera, no son mentiras: porque, cuando se dicen, uno las siente de verdad y uno está convencido de que él o ella… es el amor en mayúsculas, como si no se acordara de los fracasos del pasado. Son más bien mentiras que uno se dice a sí mismo, advierte Alicia Gallotti, psicóloga, escritora y portavoz del portal Victoriamilan.es para “aventuras discretas” (léase extramatrimoniales).
Tipos y motivos. Por otra parte, no todas las mentiras son iguales. En su libro, Nadia Busato las divide en cuatro categorías: las que decimos por necesidad, que son hasta justificables y comprensibles o inocentes (“entiendo que te veas con tu ex, no soy nada celoso, me gustan las relaciones libres”); las oportunistas: las que se dicen pensando sólo en el beneficio personal y susceptibles de causar dolor (“ya no amo a mi mujer, sólo tengo sexo contigo”); las emotivas: son las que nacen del corazón, fruto de un exceso de sentimiento, que se dicen para reequilibrar la situación (“volver a intentarlo seguro que es una buena idea”) y las que se dicen por inseguridad, para defenderse de los fracasos (“mejor aprovechar esta noche, total las relaciones estables no duran”.)
Mentiras hay muchas, pero el objetivo suele ser siempre el mismo: conseguir una relación satisfactoria. En un extremo, se llega a falsificar la realidad de forma descarada. Hay quien presume virtudes inexistentes o hasta construye una identidad fantasiosa, al límite de la impostura. “Son aquellas personas que quieren un mero intercambio de cuerpos y lo quieren disfrazar de encuentro íntimo. En realidad, estamos en este caso cerca de una lógica económica: yo te doy algo, si tu aceptas tener sexo conmigo. Si las cosas son así, mentir es casi superfluo. Inútil, opina Busato.
Seducir no es mentir. Otra cosa es la seducción. Al principio, no hay por que entrar en detalles sobre la talla de la ropa, la edad, la situación financiera el trabajo, los motivos de rupturas anteriores, las antiguas parejas. Más que mentir, se trata más bien de un no decir. “Es el juego de los adultos, con reglas que no son engaños: simplemente cada uno asume el papel que le es más cercano, matiza Busato. Como dijo una vez la gran actriz Claudia Cardinale: “Nunca he intentado seducir o mentir. Me he limitado a hacer soñar”. Efectivamente. “El auténtico seductor no sólo seduce a la pareja, sino al empleado del banco o de la tienda. Es un juego que produce placer y que facilita la vida”, coincide Alicia Gallotti.
Esta psicóloga ha comprobado un hecho curioso. Según los datos que maneja, los usuarios del portal Victoriamilan.es no suelen mentir sobre su estado civil, pero sí que suelen ocultar la infidelidad a la mujer o al marido. Con lo que se llega a la siguiente paradoja: se miente a la pareja oficial, pero se es sincero con el o la amante. “Decir la verdad al amante permite vivir una relación de aventura con cierta tranquilidad. En cambio, en la relación estable todo es más difícil: hay muchos elementos afectivos, económicos. Los dos forman una pequeña sociedad en la que, a veces, hay quien está dispuesto a pagar un precio para mantener cierto equilibrio, explica.
Una investigación del Instituto Italiano de estudios Transdisciplinarios de Roma ha revelado que la vida de pareja dura cinco años más en promedio si marido y mujer evitan decirse toda la verdad en lo que se refiere a las infidelidades. Confesar una aventura llevaría a la ruptura en el 75% de los casos. Incluso cuando no haya infidelidades, la pareja tampoco tiene que contárselo todo. Si hablamos de sentimientos, la sinceridad está en la base. Pero en cualquier relación, al cabo de un tiempo, hay que concederse el derecho de desviarse, de recortarse espacios en la sombra, de tener secretos, de experimentar algo que debe permanecer apartado. La mentira es un mecanismo de defensa de la propia intimidad que ayuda a preservar un poco de misterio y a mantener vivas las ganas de conocerse a lo largo de toda la vida, sostiene Busato.
Tópicos de género. Por otra parte, estudios científicos han demostrado que hombres y mujeres no mienten igual. Una investigación de la psicóloga Terri Fisher, de la Ohio State University (EE.UU.), ha analizado el comportamiento de 293 chicos de entre 18 y 25 años mediante un cuestionario que abarcaba varios argumentos con la ayuda de la llamada “máquina de la verdad”. “En lo que se refiere a la sexualidad, las personas parecían más cuidadosas en responder de forma acorde con los estereotipos de género. El sexo parece ser la única área en la que las personas se preocupan si no cumplen las imágenes estereotipadas de un hombre o de una mujer “típica”, afirmó Fisher.


Así, por ejemplo, las mujeres confesaron haber tenido un número menor de parejas de las que realmente habían tenido, para no dar la impresión de ser demasiado fáciles (el 64% dice que menos de diez). Asimismo, el estudio certificó que ellas admitieron con más dificultad haber vivido historias de una noche, por temor de ser juzgadas excesivamente frívolas. Los hombres, por el contrario, declararon haber compartido cama con un número de compañeras superior a las que de verdad consiguieron llevarse al dormitorio. Ellos también se vanagloriaron de no haber fallado nunca bajo las sábanas, algo que no sería del todo cierto: vanidad, arrogancia y cierta bravuconería persisten entre los varones. “El tópico nos dice que los hombres mienten para obtener satisfacción sexual y las mujeres para recibir un cierto tipo de seguridad sentimental. Aún así, yo creo que más que las mentiras, más frecuentes son las cosas que no se dicen: sobre el pasado, los deseos o las propias fantasías”, comenta Busato.
Tanto la mujer como el hombre desean gustar y ambos se hacen más débiles ante los piropos. En este sentido, hay frases que son música para los oídos que, bien empleadas, pueden surgir los efectos deseados. “El hombre siempre busca en ellas obtener una cierta reafirmación, de que es el mejor amante que ellas han tenido en su vida. En ese sentido, para las mujeres la mejor forma de no herirle es no darle un desengaño”, explica Gallotti. A su vez, ellos saben que las mujeres son sensibles… a lo sensible. “El varón, cuando quiere dar una buena impresión,  tiende a demostrar que tiene sentimientos, que ha llorado alguna vez. Su parte femenina seduce mucho. Ella, en cambio, para no asustarle o exponerse a juicios morales, prefiere ocultar, por ejemplo, que está dispuesta a tener sin ningún reparo relaciones sin estar enamorada. Cuesta creerlo, pero todavía es así”, afirma esta psicóloga. “Mientes con ternura / qué locura / qué deseo/ Mientes como nadie…”. Sólo es una canción.

LAS MENTIRAS
Hombres y mujeres suelen decir mentiras en sus relaciones, tanto para conseguir sexo… como para rechazarlo. Algunas son muy comunes. A continuación, las más frecuentes
“Acabo de salir de una historia importante”
¿Es verdad? La persona en todo caso está diciendo dos cosas al mismo tiempo: que ahora no quiere nada serio, pero que es alguien capaz de  asumir un compromiso si cabe. No quiere definirse.
“Nunca había sido tan bonito”
Se suele pronunciar después de hacer el amor. El paso siguiente es: “Nunca había dicho algo así a nadie” o “nunca he había enamorado hasta que te conocí a ti”. Nunca, nunca, nunca… ¿Seguro?
“Lo siento, el sexo no me interesa”
En realidad, salvo que uno siga caminos ascéticos, el sexo interesa a cualquier ser humano. Se está diciendo que esta noche el horno no está para bollos
“Dormimos juntos pero te prometo que no hacemos nada”
La propuesta suena bien. Pero ¿cuánto tiempo van a resistir un hombre y una mujer en una cama desnudos sin hacer nada?
“Te juro que cambiaré”
La frase sirve para pedir perdón. Pero la gente difícilmente cambia para complacer a uno.
“Sólo estoy con él / ella por mis hijos”
Posibles variantes: “Me estoy divorciando”. “Dáme tiempo para separarme”. “Le quiero pero hace tiempo que el amor se acabó”. Ojo a los soñadores/as: en la práctica esto no significa que la persona vaya a dejar la pareja para lanzarse a una aventura
“Confía en mí. Nunca te mentiría”
Sobran comentarios
“Ya estoy cansado de aventuras”
Impresiona a aquellos que buscan algo estable. Música para sus oídos: ¡Finalmente alguien serio, con compromiso! ¿Pero se tienen datos para comprobarlo? ¿A qué no?
“Tengo miedo a meterme en una historia importante”
Por lo general no se trata de miedo. Simplemente uno no quiere dar el paso. Es una decisión consciente. Traducción: “No quiero nada serio”
“No te merezco”
Disminuirse para halagar el otro. Es una manera un tanto retorcida para decir, tal vez, que uno ya no está enamorado. Y para que sea la otra persona la que tome la decisión de cortar la relación. Una vuelta de tortilla.
“Necesito una pausa de reflexión”
Seguida de “me siento confundido”. Quiere decir que se quiere romper.
“Sólo fue sexo”
Frase que se pronuncia en caso de traición. Puede que sea verdad. Pero nada hace pensar que esto no vuelva a ocurrir en el futuro.
“Tengo fantasías contigo”
Sí, ¿por qué no? Pero lo normal, cuando se trata de fantasías, es tenerlas…con otras personas…
“No quiero estropear nuestra amistad”
Traducción: no quiero nada contigo. No hay atracción.
“Ya te llamaré”
Casi seguro que esto no ocurrirá. Pura estadística
“Esta noche no, estoy cansado/a”
Es la respuesta más común, junto al “no me pasa nada”. Es probable que, detrás del rechazo, sí haya alguna motivación concreta. ¡Descúbrela!
“Tengo muchos admiradores/as, pero sólo soy tuyo/a”

¿Existen de verdad estos admiradores o son un cuento para venderse mejor? Por cierto: nadie es de nadie.



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