Palabras, imágenes, canciones, emociones que nos acompañan en nuestro camino.

dilluns, 8 de juliol de 2013

"LO SIENTO". Ferran Ramon-Cortés. Mente Sana.

José no sabe cómo pedir disculpas a su hija. Max le mostrará que con reproches no conseguirá ningún acercamiento, que una disculpa no admite medias tintas ni largos discursos, basta con pronunciar dos palabras mágicas.
Recordarle al otro lo que tampoco a hecho bien convierte nuestra disculpa en una acusación y nos aleja aún más. Pedir perdón con sinceridad es mucho más efectivo y abre la puerta al diálogo
Max entró en el bar de José, dis­puesto a tomar su desayuno habitual. Sentado a su mesa, vio como José se le acercaba con dos cafés mientras le decía:
-Max, ha llegado a mis oídos la fama de tus cafés. Hoy el café lo pongo yo si puedo sen­tarme contigo a charlar unos minutos...
Max le hizo sitio e, inmediatamente, José empezó a hablar:
-Max, he tenido un encontronazo con mi hija y no sé cómo arreglarlo.
-Soy todo oídos.
-Verás, me dijo que vendría a casa el viernes pasado, y que llegaría sobre las cinco de la tarde... Pero no llegó hasta pasadas las diez. Como te puedes imaginar, de tanto esperar yo estaba hecho un manojo de nervios, pre­guntándome si le habría ocurrido algo, pues no respondía al móvil. Por eso, cuando llegó, no dejé ni que abriera la boca, la recibí con una gran bronca.
Max, intuyendo que aquello no era todo, se limitó a lanzarle una interrogativa mirada a José. Este prosiguió su relato:
-Tras mi bronca, que aguantó en silencio, dejó sus cosas y me dijo: "Papá, se me ha re­ventado una rueda. He estado tres horas tira­da en la carretera, y sin batería en el móvil. Y no, no lo he hecho para fastidiarte". Y se fue directamente a su habitación.
-¿Le has pedido disculpas? -le preguntó el viejo profesor.
-Lo intenté. Al día siguiente fui a hablar con ella, pero se enfadó aún más. Me espetó, molesta, que no quería hablar más del tema.
-¿Qué le dijiste exactamente?
-Le dije que había sido injusto, pero que me había hecho sufrir, que lo había pasado fatal y que no entendía cómo no había encontrado la manera de avisarme.
-Toda una disculpa, sin duda.
José arqueó las cejas. No acababa de entender la ironía de Max. Este se apresuró a tomar la palabra:
-José, ¿puedes traer una taza grande y una jarra de leche?
José se acercó a la barra en busca de lo que Max le pedía y se sentó de nuevo a la mesa. Max le dio instrucciones:
-Da un buen sorbo a tu café. ¿A qué sabe?
-¡Al mejor café del mundo, no faltaba más!
-Vierte el café que queda en la taza grande y, después, llénala de leche hasta el final.
José lo hizo, expectante por saber a qué venía todo aquello.
-Pruébalo de nuevo. ¿A qué sabe ahora?
-A café, precisamente, no. Con tanta leche ha perdido todo su sabor...
Max, mirándolo a los ojos, le dijo:
-Como tampoco sabe a disculpa tu disculpa. Con tantos reproches, ha perdido también todo su sabor.
Aquellas palabras parecieron no sentarle muy bien a José. Pero no respondió inmediatamente sino que permaneció callado durante un buen rato. Finalmente, esbozó una media sonrisa y dijo:
-Max, comprendo lo que me quieres decir, pero es que ella, en el fondo, también tiene culpa de lo sucedido. ¡No me avisó!
-José, tu disculpa mantiene una dosis elevada de acusación y cargas a tu hija con toda la responsabilidad. Dista mucho de ser una disculpa, y ella no puede por menos que sentirse incomprendida...
-¡Pero es que también ella tuvo la culpa!
Tras una nueva pausa, Max le preguntó:
-¿Quieres solucionar las cosas con tu hija?
-Claro, por eso estoy aquí contigo. Sin embargo, también me gustaría que ella se hiciese cargo de la angustia que pasé.
-Muy bien. Pues empieza con una disculpa limpia y sin matices por tu comportamiento. Sin reproches ni segundas intenciones. Solo una disculpa. Con ello abrirás la puerta a que ella cambie su estado emocional, a que pueda verte con otros ojos y darse cuenta de tu sufrimiento. Solo si tú conectas con ella, ella conectará contigo.
-¿Y cómo puedo disculparme de la forma que me sugieres? Ya sabes que no soy muy bueno para estas cosas...
-Solo necesitas dos palabras, ni una más. Las dos palabras mágicas. Las dos palabras que tanto nos cuesta decir sin añadir nada detrás: LO SIENTO.
La cara de José se había serenado, Max le notó mucho menos crispado. Estaba decidido a pronunciar aquellas dos palabras mágicas, pero no porque se lo sugiriera su sabio amigo sino porque sentía que, efectivamente, ese era el camino, que eso era lo que tenía que haber hecho desde el primer momento. Aliviado, le dijo a Max:
-Gracias, amigo. ¿Me dejas ir a la barra a buscar un café como Dios manda y nos lo tomamos juntos?

SI VAS A PEDIRME DISCULPAS...
Utiliza las palabras justas. No necesito motivos: solo tu mensaje de reconocimiento de que no lo has hecho bien.
Evita repartir las culpas. No me reproches lo que yo no he hecho bien ni me recuerdes las veces en que yo he fallado.
Hazlo pronto, no esperes. El tiempo no tiempo no soluciona los conflictos, simplemente los pudre.
Discúlpate con sinceridad, desde dentro. Que no hable tu mente sino tu corazón.

Y CUANDO RECIBA TU DISCULPA...

Inmediatamente veré las cosas de un modo distinto. Mi empatía contigo se activará, y seré capaz de ver tu punto de vista y sentir lo que tú sentiste.

Déjame disculparme por lo que yo haya hecho que te haya afectado a ti, si así lo siento. Y dejemos, ahora sí, que el conflicto se desvanezca.


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